¿La paz? depende

Se equivocó la paloma, se equivocaba… Así empieza un hermoso poema de Rafael Albertí, perteneciente a su libro “Entre el clavel y la espada” (1941)  magistralmente musicalizado por el compositor argentino Carlos Guastavino. Poema escrito en 1940 en París, antes de  partir al exilio en Argentina y que, a través de sutiles imágenes denunciaba una horrenda realidad: la paz sustentada en el terror que ofrecía el dictador Francisco Franco no era la paz que demandaba el pueblo español. Gracias al juego poético que envuelve a la denuncia, la canción logró evadir la censura franquista cuando, en 1972, Joan Manuel Serrat la incluyó en su disco Retrato. Por ir al norte fue al sur, creyó que el río era agua, se equivocaba… Y es que este asunto de la paz es como el tema de la libertad. La libertad que reclaman los pueblos nunca coincide con la libertad que les vende el sistema. Sentirse libre, actuar libremente, ejercer la libertad no tiene nada que ver con la libertad de escoger qué queremos consumir, sobre todo si, a final de cuentas, es una elección inducida para favorecer un mismo producto en envoltorio diferente y, de paso, dicha mercancía es producida en muchas ocasiones, en condiciones laborales esclavizantes como lo son las llamadas makilas. Pueblos libres son los que dirigen sus destinos sin imposiciones. De igual manera la paz no puede servir de pretexto para detener los cambios sociales. Creyó que el mar era el cielo, que la noche, la mañana, se equivocaba…La paz sustentada en el terror, es una paz impuesta para proteger los intereses de una minoría. La paz que los pueblos reclaman es la basada en el principio de Humanidad. Hay una paz sincera y una paz hipócrita. La paz sincera invoca a la paz misma para sostenerse, la paz hipócrita, paradójicamente, recurre a la guerra. Mientras la paz sincera se construye, la paz hipócrita va destruyendo todo lo que se le opone. Que las estrella, rocío; que la calor, la nevada, se equivocaba…Por eso la paz que reclaman los pueblos sólo puede lograrse cuando se transforma la sociedad pues dentro de un sistema como el capitalista siempre habrá intereses económicos que motorizan guerras, invasiones, golpes de estado y otra serie de mecanismos  necesarios para dejar constancia del poder hegemónico de facto. Que tu falda era tu blusa; que tu corazón, su casa, se equivocaba….

Pero no siempre es así. Con el perfeccionamiento de las prácticas demagógicas se ha logrado construir en el inconciente colectivo una figura mítica denominada “Paz social”. Es una paz pactada por las dirigencias políticas y económicas sin la consulta popular. De allí nace una falsa noción de “gobernabilidad” que se vende acompañada de la sensación de que “Aquí no pasa nada” gracias a perversas acciones de violencia soterrada. Es la paz equivocada que dominó al país durante 40 años de democracia representativa. Es la paz que anhelan con venenosa nostalgia los que aún siguen creyéndose dueños del país. Le corresponde al poder popular construir la paz con principios de equidad,  justicia y amor aunque  le cause roncha a todo aquel que vea vulnerados sus privilegios sustentados en la riqueza económica y que probablemente saltará a exigir su “paz social” con tambores de guerra    Ella se durmió en la orilla, tú en la cumbre de una rama.

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