Del agua brava me libro yo

La Biblia nos cuenta como el estratega Aarón luce sus dotes de Mandrake convirtiendo las aguas del Nilo en sangre para lograr que el pueblo judío simpatice con la idea, algo abstracta, que les ofrece su hermanito, Moisés, de un dios único,  omnipotente, omnipresente y poco dado a exponerse a la palestra pública. Manipulando aquí y allá la realidad, el hermano inteligente del patriarca acaba con siglos de politeísmo y embarca a todo un pueblo en la aventura de una nueva religión. Así de sencillo. Nada como enturbiar un  poco las aguas de un río para torcer el destino de una civilización. J.J. Rendón, asesor de campaña de la derecha latinoamericana y ducho en el arte de la falsificación de realidades,  probablemente admira la astucia de Aarón, tanto como para remedarlo con la aspiración de acabar con un proyecto de país guiado por la voluntad popular.
Y es que la guerra sucia ensucia hasta el agua potable y, si es necesario, pues algo de sangre habrá que verter en La Mariposa con tal de lograr los objetivos electorales y corporativos fijados en la agenda de la contrarrevolución.
Hablamos de objetivos corporativos porque estamos convencido de que más allá de las impuras barbaridades que en semanas pasadas se estuvieron publicando para poner en duda la pureza del agua que llega  a nuestros hogares, difícilmente podemos aceptar estas acciones como simple estrategia electoral  y ya.
Entre privatizadores te veas. Ya le hemos visto el bojote neoliberal  al candidato  de la oposición en una que otra declaración que se le ha chispoteado sin querer queriendo, tanto a él como a miembros de su equipo, todas ellas tratando de justificar la intervención de manos privadas en empresas básicas aludiendo el manoseado argumento de la incapacidad gerencial del Estado, En otras palabras, y siguiendo con el tema del agua, dejemos que Minalba haga lo que no puede resolver el Ministerio del Ambiente.
La guerra del agua no es una película de ciencia ficción y aunque la imagen del río Orinoco fuertemente custodiado por personal de seguridad de la cocacola pueda parecer apocalíptica no menos cierto es la sentencia de que, si el capitalismo mantiene su ritmo de supervivencia depredadora muy pronto esta imagen puede convertirse en realidad.
Recuerdo una novela del mexicano Carlos Fuentes titulada Cristobal Nonato escrita en 1987. la misma transcurre en un futuro cercano -1992- durante la conmemoración del quinto centenario de la llegada de Colón a tierras americanas y el inicio de la invasión europea. Entre las situaciones que, de acuerdo a lo imaginado por el escritor,, podían ocurrir en los próximos cinco años estaba la siguiente perlita:  El triunfo y auge del neoliberalismo obliga al gobierno mexicano a venderle la península de Yucatán al Club Mediterranee para poder pagar la deuda externa. ¿Verdad que suena absurdo? ¿o no?
La visión que el escritor tenía de lo que sería la realidad mexicana en esa época fue premonitoria. En uno de los capítulos de la novela ocurre un sacudón en México D.F. La descripción del mismo sorprende por coincidir exactamente con lo que ocurriría en Venezuela dos años después de la publicación de la novela, en febrero de 1989. No se trata de una imaginación prodigiosa, ni siquiera de alguna cualidad extrasensorial, sino del mismo sentido común que indujo a Rosa Luxemburgo a proclamar décadas atrás ¡Socialismo o barbarie! Por eso, basta con escuchar atentamente todo lo que apenas se esboza en la cabina del autobús del progreso para profetizar las piedras que arrastrarán los ríos de aguas turbias fabricados por tanto laboratorio mediático. Las aguas correctamente tratadas de nuestros ríos responderán en su correr con la letra de la célebre canción “Agua que no has de beber” popularizada por Sara Montiel y que reza asi: No se porque andas diciendo que soy mala. Que el alma tengo negra muy negra. Que soy interesada y pretenciosa. Que de orgullosa no cabe más. Ya se por que de mi vas así hablando. Es que el despecho, te esta matando. De no ver tu pasión correspondida.  Toma tu tomate J.J. Rendón

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