El
microbús atraviesa el pasadizo del infierno y, como es natural, ni pasajeros,
ni chofer, respiran con tranquilidad hasta haberlo superado. No resulta nada
extraño que uno de los caminos que conducen al prado del unicornio se adentre
en los predios del miedo y la oscuridad antes de llegar al paraíso. Como Dante,
el pasajero se dejará llevar por el chofer, que nunca ha escuchado hablar de
Virgilio, hasta el corredor donde la única certeza consiste en abandonar toda
esperanza. Los demonios pueden salir del rincón menos pensado para cometer las
más amargas fechorías contra aquellos que osaron optar por este pasadizo para
conquistar el centro de Caracas. Aquí el infierno se llama Avenida Libertador y
sus moradores no son tan notables como los del Hades clásico. Aquí los lobos
andan armados y la sed de sangre se transfigura en hambre de prendas, celulares
y monederos, a costa, incluso, de la sangre. Por eso se persignan algunos al iniciar
el descenso en Chacao. Por eso hasta la
radio hace silencio mientras las manos nerviosas aprietan las carteras y los
ojos buscan el posible escondite de la emergencia. Por eso los celulares se
hacen los mudos y ni siquiera se atreven a vibrar. Por eso las cédulas y demás
documentos personales ejecutan una mudanza veloz y transitoria a bolsillos de
doble fondo y calcetines. Por eso la respiración se detiene hasta el momento
cuando el vehículo emerge a la
Urdaneta y un suspiro señala que la vida volvió al cuerpo con
la esperanza recuperada. Entonces revienta el vallenato, el chofer lanza una
merecida mentada de madre cáigale a quien le caiga, las señoras sueltan las
carteras para desentumecer sus manos y, como para dar por terminada la
pesadilla y ceder el puesto al sueño, suena un celular. El dueño lo contesta.
El volumen de su voz es exageradamente alto pero no parece venir con eso una
intencionada necesidad de llamar la atención. Él, simplemente, es así. El microbús se detiene debajo del puente
de las Fuerzas Armadas; siempre lo hace. Espera unos minutos hasta llenar la
unidad con nuevos pasajeros. Es justamente en ese instante, sin ruido de motor
ni de las vibraciones de los asientos, que transcurre la escena. La conversación se vuelve pública aunque
resulta evidente su naturaleza íntima. “¿A qué hora sales?... ¿Segura?...Entonces,
te busco en La Bandera …
Segura ¿No?... Así sea en helicóptero… Tú te vienes como sea….Bueno… No te
vayas a echar para atrás… Te espero… Okay….Chao pues.” Se produce un silencio absoluto que apenas
dura lo suficiente para que el hombre guarde el celular en el bolsillo. Luego,
sin percatarse todavía que no está solo, levanta la vista hacia su amigo ¿o
será simplemente el pasajero que le toco al lado? Y con absoluta naturalidad le dice en el
mismo volumen altisonante: “Es que no aguanto las ganas de singar”.
06 de mayo de 2005
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