La Fuente

Una de las tantas áreas proyectadas por Tomás Sanabria para la megalítica estructura del Foro Libertador, sede actual de la Biblioteca Nacional, el Archivo General de la Nación y la televisora VIVE, fue una fuente que debía rodear todo el edificio como el foso cavado alrededor del castillo medieval. La fuente contaba, entre sus atractivos, con un juego de cascadas y luces que fortalecería con su frescura el ambiente constituido por el edificio de marras, el Panteón Nacional y la hermosa plaza que los vincula. No contó Sanabria ni con el costo en servicio de agua que esto representaba ni con la notoria necesidad de ahorro del preciado líquido de una ciudad cuyo caótico desarrollo la ha sentenciado a morir de sed. Es por estas razones, fundamentalmente, por las que nunca se llevó a término esta etapa del proyecto de manera que el foso seco acabó convirtiéndose en albergue, rincón de citas amorosas, escondite de botín y fumadero de piedra de los indigentes que deambulan por la zona. Por suerte para los asiduos del lugar, existe esa amplia plaza dividida a su vez en dos grandes áreas: el patio de desfiles, frente al Panteón, y la Plaza de los Poetas, protegida por los edificios de la Biblioteca, el Archivo y las casas coloniales Bellard y Santaella. Allí descansa el busto de Gabriela Mistral –donado por la Embajada de Chile e instalado por el Alcalde Mayor, Alfredo Peña- y, a pocos metros de distancia, el del poeta persa Omar Khayyam, develado por el alcalde del Municipio Libertador Freddy Bernal en compañía de su homólogo de la ciudad de Teherán. La plaza, al contrario del vacío patio de desfiles, está llena de árboles elegantísimos y, mientras este es pista de patinetas y cancha de fútbol o béisbol (de acuerdo a la temporada), en ella se dan cita, cada tarde, las parejas de adolescentes que aprovechan el terreno tupido para emprender juegos más románticos. También se puede descubrir, muy cerca de los bustos mencionados, a un personaje particular que, cada mañana y tabaco mediante, realiza extraños sortilegios dirigidos al edificio administrativo de la Biblioteca Nacional. En tiempos de lluvia este escenario cambia drásticamente. Entonces ocurre el prodigio. El patio de desfiles se convierte en una gran piscina en medio de la algarabía de los muchachos y la plaza se transforma en una exuberante fuente de caudalosas cascadas que debe ser la envidia del arquitecto Sanabria.

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