Tuve la
suerte de crecer en un ambiente rodeado de libros y de empedernidos lectores con
toda una diversidad de gustos digna de una fantasía bibliotecaria. De niño, un
maestro sagaz propuso que, para mejorar mi caligrafía yo debía leer a diario lo
que me provocara y después debía escribir un resumen de lo que había leído. Mi
madre me proponía las lecturas aprovechando una enciclopedia adquirida a plazos
y que ahora evoco llena de atractivas
ilustraciones y un estilo narrativo ideal para cautivar a los que decidieran
adentrarse en sus secretos. Tanteando sus páginas me estremecían las erupciones catastróficas
del volcán Krakatoa, al este de Java, con la misma intensidad de los misterios
que rodeaban la ejecución del Partenón
de Atenas y las aventuras nacidas del ingenio creativo de Julio Verne, Mi
caligrafía no mejoró, pero ese ejercicio terminó ocasionando daños colaterales.
Me hizo lector.
También
culpo a la escuela por haber puesto en mis manos un libro que contenía una
extraordinaria antología del cuento venezolano, muchos de los cuales me
conmovieron hasta tal punto que me hicieron descubrir el poder cautivante de la
buena narración. El diente roto, La i latina, Las dos chelitas y Los dientes de Raquel forman parte de
ese imaginario que iba poco a poco moldeando mi gusto literario.
Por mi tía
descubrí las novelas policiales nacidas del ingenio de Agatha Christie con su
célebre detective belga Hercules Poirot. A mi padre le debo haber puesto en mis
manos el Humor y Amor de Aquiles
Nazoa a través del cual me sentí orgulloso de mi identidad. También se encargó
de despertar mi conciencia con los libros de Rius, ese peculiar caricaturista
mexicano capaz de mostrar con humor y sencillez la vida y obra de grandes
pensadores. Marx para principiantes,
Lenin para principiantes, el ABChé, El Manifiesto Comunista Ilustrado, Cuba
para principiantes, La Trukulenta historia del Kapitalismo y La Jóven Alemania
me enseñaron aun siendo niño, las profundas razones que inspiraban la conducta
y acciones de mi padre.
Ya de joven
caí prisionero de la novela latinoamericana siendo las que causaron más impacto
en mí El otoño del patriarca de
García Márquez, El siglo de las luces
y El arpa y la sombra de Alejo
Carpentier, La Guerra del fin del mundo de
Vargas Llosa, el Abrapalabras de Luis
Britto García, y absolutamente toda la
obra del cronopio mayor Julio Cortazar. Fueron los tiempos de descubrimiento de
una poesía capaz de resonar en mi alma como si hubiera nacido en ella, la
cotidiana y comprometida palabra de Mario Benedetti. Después descubrí que un
autor, aún sin conocerlo personalmente, podía formar parte de ese círculo tan
íntimo de amistades que uno cataloga
como panita: Alfredo Bryce Echenique se convertía en un
hallazgo feliz con La vida exagerada de
Martín Romaña y Un mundo para Julius.
De adulto
descubrí a José Saramago y a partir del primer párrafo de un libro suyo que
cayó en mis manos en una circunstancia
que no dudo al catalogar como del más puro realismo mágico, me invadió una inquietud
de la que nunca podré liberarme. La certeza de que justo a mi lado van paseando
descaradamente obras geniales de autores que sigo desconociendo y con las
cuales nunca tendré el gusto de toparme al
menos que un alma caritativa se plante frente a mí con la digna misión de
presentármelas.
Sigo siendo
un lector acérrimo. Leo a diario, no imagino mi vida sin un libro en proceso de
ser leído. Un día estoy releyendo a Ludovico Silva encontrándolo cada vez más acertado
en su lucha contra todo dogmatismo, y a la siguiente semana me estoy riendo con el exquisito
humor de Anibal Nazoa el cual ilumina mi espíritu con suficiente luz para
emprender la tarea de leer El Hombre sin
atributos de Robert Musil y no morir en el intento.
Entre mis últimas lecturas se encuentra la
indignación traducida en los tres tomos
que conforman Historias del paraíso de
Gustavo Pereira y en el Tríptico de la
infamia de Pablo Montoya, ganador de Premio Rómulo Gallegos 2015. La
Bibliofilia es una enfermedad incurable que se sufre con placer.
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