Feng Shui Criollo

Decía Aquiles Nazoa que el venezolano asocia todo aquello que es mostrenco, de mal gusto o cursi, con la pava y lo pavoso, es decir, con la mala suerte. En otras palabras, mucho antes de que por estas tierras se hablara de Feng Shui ya nosotros teníamos una manera de detectar la “mala vibra” en nuestro alrededor. Según el poeta, debía existir una suerte de “mabitómetro”, aparato dedicado a medir los niveles de “mabita” o “guiña” –como también se le conoce a la pava- en objetos, costumbres, expresiones y formas de comportamiento con el fin de catalogarlos y, por supuesto, advertir al mundo acerca de su peligrosidad. Desde aquellos objetos que son utilizados con otros fines distintos a los propios (usar una brocha de afeitar para pintar los muebles, por ejemplo), pasando por expresiones preestablecidas (decir “No somos nada” en un velorio), hasta algunas formas poéticas o de canciones (como aquella que coloca en Venezuela elementos geográficos y climáticos, volcanes y tifones, que no cuadran con su ubicación y su topografía), la pava acecha permanentemente al distraído que, en muchas ocasiones, cae víctima de ella sin percatarse.
Anibal, hermano de Aquiles, también desarrolló el tema enriqueciéndolo con un elemento primordial: “Lo adeco”. Detectando así los elementos básicos de toda una cultura del “nuevorriquismo” que, vista desde los estratos más humildes de la población, bien podía ser considerada como la panacea de lo pavoso.
Apartando a los amos del valle que siempre han ostentado el poder económico formándose en las mejores escuelas europeas y norteamericanas, en el caso de la vivienda, por ejemplo, el boom petrolero, del que se benefició esa clase política arribista, ayudó a que surgiera un estilo, que en realidad era una especie de mazacote de estilos y que bien pudiéramos denominar “Adeco-romano”, sobre todo porque quienes concebían estas casas no eran precisamente arquitectos sino maestros de obra generalmente venidos desde la “bota itálica” (expresión pavosísima para denominar a Italia) . En estas casas, podemos observar grandes columnas romanas compartiendo espacio con un tinajero y rodeadas de paredes a las que les incrustaron  variadas piedras de rio (probablemente traídas del Orinoco ¡Caracha!). Estas casas llevan nombres como “Mi refugio”, “Marisela”, “Mi jagual” o “Potra Zaina”, pues las únicas referencias del “llano exótico” que tienen las familias que las habitan son algunos fragmentos de Doña Bárbara” y los pasajes edulcorados de Juan Vicente Torrealba. Casas a las que sólo un milagro ha permitido mantenerse en pie porque el grado peligroso de “pavosidad” ha sido superado con creces. De hecho, uno de los edificios que se derrumbó durante el terremoto del 67 llevaba uno de esos nombres.
En sus jardines, nuestros apreciados arribistas se empeñan en colocar unos peñones pintados de blanco que les parecen de lo más cuchi y no puede faltar el Gnomo que luego será suplantado por algún personaje Disney. Si este escenario no es suficiente para que el que lo atraviese terminé partido por un rayo o aplastado por un meteorito, una vez que se adentra a la casa es imposible no perecer de un ataque masivo de caspa. Una chimenea falsa con troncos de plástico cubiertos con papel celofán rojo y alumbrados por un bombillito escondido de manera estratégica, domina la sala cuyos muebles aún están recubiertos con el plástico con el que fueron comprados (para no gastarlos). Abarrotada de figuras capodimonti alternadas con pirañas disecadas y ceniceros en forma de Guaicaipuro. Un cuatro guindado en la pared al lado de un sombrero de charro y unas alpargatas blancas que tienen tejido “Souvenir of Venezuela” engalanan aún más la mansión. Puertas sujetas con enormes conchas marinas, Televisores plasma de Chorrosocientas” pulgadas en cada habitación y uno más pequeño en la cocina donde convive una máquina de hacer waffles con un budare y una cafetera automática que, en lugar de filtros desechables usa un colador de tela. Apenas una ínfima parte del inventario de cosas atrayentes de “energías negativas” a las que podríamos achacarles la culpa de que esa gente sea tan maluca.

Los hijos y nietos de estos personajes terminaron, en su mayoría huyendo de estas casas, resguardándose en edificios cuyo acceso es más restringido que el de las bóvedas del Banco Central  o, simplemente emigrando al reino desde el cual se generaron los mecanismos para desarrollar esta estética de lo grotesco. Miami.   Con todo esto, no es de extrañar que la gente que vive en esas casas se encuentre amargada en estos tiempos y les dé por terminar de adornarlas con cercas eléctricas y salir a cerrar  las calles y llenar de oscuridad cuanto espacio ha sido irradiado por la luz de los buenos nuevos tiempos. Si tan sólo hubieran aplicado el Feng Shui criollo de los extraordinarios hermanos Nazoa.

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