Anibal, hermano
de Aquiles, también desarrolló el tema enriqueciéndolo con un elemento
primordial: “Lo adeco”. Detectando así los elementos básicos de toda una
cultura del “nuevorriquismo” que, vista desde los estratos más humildes de la
población, bien podía ser considerada como la panacea de lo pavoso.
Apartando a los
amos del valle que siempre han ostentado el poder económico formándose en las
mejores escuelas europeas y norteamericanas, en el caso de la vivienda, por
ejemplo, el boom petrolero, del que se benefició esa clase política arribista, ayudó
a que surgiera un estilo, que en realidad era una especie de mazacote de
estilos y que bien pudiéramos denominar “Adeco-romano”, sobre todo porque
quienes concebían estas casas no eran precisamente arquitectos sino maestros de
obra generalmente venidos desde la “bota itálica” (expresión pavosísima para
denominar a Italia) . En estas casas, podemos observar grandes columnas romanas
compartiendo espacio con un tinajero y rodeadas de paredes a las que les
incrustaron variadas piedras de rio
(probablemente traídas del Orinoco ¡Caracha!). Estas casas llevan nombres como
“Mi refugio”, “Marisela”, “Mi jagual” o “Potra Zaina”, pues las únicas
referencias del “llano exótico” que tienen las familias que las habitan son
algunos fragmentos de Doña Bárbara” y los pasajes edulcorados de Juan Vicente
Torrealba. Casas a las que sólo un milagro ha permitido mantenerse en pie
porque el grado peligroso de “pavosidad” ha sido superado con creces. De hecho,
uno de los edificios que se derrumbó durante el terremoto del 67 llevaba uno de
esos nombres.
En sus jardines,
nuestros apreciados arribistas se empeñan en colocar unos peñones pintados de
blanco que les parecen de lo más cuchi y no puede faltar el Gnomo que luego
será suplantado por algún personaje Disney. Si este escenario no es suficiente
para que el que lo atraviese terminé partido por un rayo o aplastado por un meteorito,
una vez que se adentra a la casa es imposible no perecer de un ataque masivo de
caspa. Una chimenea falsa con troncos de plástico cubiertos con papel celofán
rojo y alumbrados por un bombillito escondido de manera estratégica, domina la
sala cuyos muebles aún están recubiertos con el plástico con el que fueron
comprados (para no gastarlos). Abarrotada de figuras capodimonti alternadas con
pirañas disecadas y ceniceros en forma de Guaicaipuro. Un cuatro guindado en la
pared al lado de un sombrero de charro y unas alpargatas blancas que tienen
tejido “Souvenir of Venezuela” engalanan aún más la mansión. Puertas sujetas
con enormes conchas marinas, Televisores plasma de Chorrosocientas” pulgadas en
cada habitación y uno más pequeño en la cocina donde convive una máquina de
hacer waffles con un budare y una cafetera automática que, en lugar de filtros
desechables usa un colador de tela. Apenas una ínfima parte del inventario de
cosas atrayentes de “energías negativas” a las que podríamos achacarles la
culpa de que esa gente sea tan maluca.
Los hijos y
nietos de estos personajes terminaron, en su mayoría huyendo de estas casas,
resguardándose en edificios cuyo acceso es más restringido que el de las
bóvedas del Banco Central o, simplemente
emigrando al reino desde el cual se generaron los mecanismos para desarrollar
esta estética de lo grotesco. Miami. Con
todo esto, no es de extrañar que la gente que vive en esas casas se encuentre
amargada en estos tiempos y les dé por terminar de adornarlas con cercas
eléctricas y salir a cerrar las calles y
llenar de oscuridad cuanto espacio ha sido irradiado por la luz de los buenos
nuevos tiempos. Si tan sólo hubieran aplicado el Feng Shui criollo de los
extraordinarios hermanos Nazoa.
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