A mi padre le agradezco el amor al
mar. Es inevitable evocar mis días de infancia bajando a La Guaira con las
expectativas de una nueva aventura marina sin, a su vez, recordar la historia
de su primer encuentro con las aguas del Caribe. Nacido en un caserío que
llevaba por nombre “El Salvaje” en el estado Lara, mi padre fue enviado por su
hermano mayor a Caracas para continuar sus estudios en el legendario Liceo
Fermín Toro. En esos tiempos la única vía para llegar a la capital era cruzando
la Cordillera de la Costa, vía El Palito. Con emoción nos describía el asombro al
recibir con ojos de explorador las imágenes de “aquella aguazón” que se abría
infinita del otro lado de la montaña. Fue amor a primera vista. Por eso, no
había mejor plan para el fin de semana con mi padre que un día en la playa.
Allí volvía a ser desvergonzadamente niño junto a sus hijos. Para nosotros era
como una especie de Neptuno criollo enseñando a sus tritones a descubrir la
maravillosa sensación del nado en agua salada. La felicidad consistía en eso:
mi padre, el mar y de paso era domingo.
A mi madre, por su parte, le
agradezco, así como a mi tía Pilar, el amor a la música. Pilar, que había sido
estrella infantil y juvenil de la Radiodifusora Venezuela a finales de los
cuarenta y durante los primeros años de la dictadura, asumió las riendas de mi
educación musical cuatro en mano y con un repertorio profundamente venezolano.
Mi madre, por su lado nunca se dedicó profesionalmente al canto, a pesar de
tener una de las voces más diáfanas y cálidas que he escuchado a lo largo de mi
vida, Prefirió dedicarse a la pediatría que es como especializarse en canciones
de cuna, rondas y retahílas y posteriormente, ya crecidos sus dos vástagos,
pudo también derrochar su talento en el ámbito coral. Ellas son las culpables
de que cada tarde, al salir del kinder en la unidad educativa Gran Colombia,
llegara a la oficina de la dirección, donde mi tía trabajaba como secretaria, y
pasara el resto de la tarde atormentando a sus compañeras de labores con un set
interminable de canciones. La música era como el hogar. Envuelto en ella era
como sentir permanentemente el abrazo de mi madre. Es la felicidad que llega al
alma a través de cantos y rasgueos.
Por mi padre, mi madre y mi tía también
me viene el amor a los libros y la lectura, así como esa necedad de vivir sin tener precio y de ser a la
zurda más que diestro como bien lo dice el imprescindible Silvio Rodríguez.
Por mi padre, desde la militancia comunista, la persistencia y el compromiso,
por mi madre y mi tía, desde el sentimiento y la sensibilidad. Libros y compromiso político se entremezclaban
en una biblioteca donde felizmente convivían Agatha Christie, Julio Cortazar y
Carlos Marx codo a codo con Aquiles Nazoa, Julio Garmendia y Ludovico Silva.
Recuerdo como mi primera indignación el día en que mi maestra del segundo
grado, cubana anticastrista, en el Instituto Educacional Altamira provoco el
llanto de mi compañera de clase Yanira Lovera, hija de Alberto Lovera, al
decirle que “quién le mandaba a su papá a ser comunista” y que por eso era que
lo habían asesinado y por lo tanto era su culpa que ella no pudiera celebrar,
como los demás, el día del padre. Ese día temí por mi padre y casi salgo
corriendo en busca del disfraz de zorro que había usado en el carnaval para
marcarle la z a la maestra en la frente en nombre de las lágrimas de Yanira y
de todos los papás comunistas del mundo. La felicidad también invade los
corazones dedicados a las buenas causa .y se vuelve frágil cuando la estupidez
es capaz de provocar el llanto de una niña
Los domingos de playa se resolvían
llevando apenas lo necesario para instalarnos en alguna sombra del balneario de
Naiguatá. Las veladas musicales a punta de gañote y un cuatro que atesoraba mi
tía desde los tiempos de sus éxitos infantiles. La lectura la disfrutábamos con
libros que íbamos pasándonos de mano en mano rindiendo así como los panes y los peces del milagro
cristiano. Y los ideales tampoco requerían de una tarjeta de crédito. Barata
nos salía la felicidad en la familia. Y hasta el sol de hoy.
Deseos sencillos son generalmente el
secreto de la felicidad. Y, aunque todos sabemos la diferencia, siempre es
oportuno aclarar que sencillo no es sinónimo de simple y muchísimo menos de
resignación. Al contrario, la sencillez resulta sumamente difícil de alcanzar
si no se cuenta con las condiciones necesarias, tanto internas (Amor a la
naturaleza, al arte y a las causas justas de la humanidad, por ejemplo), como
externas (Un Estado que se propone que el pueblo disfrute de la mayor suma de
felicidad posible y se empeña en eso porque sus dirigentes van guiados –como lo
pregonaba el inmortal Che- de grandes sentimientos de amor) Será por eso que
algunas estadísticas –como las de Happy Planet Index- pasan de la frialdad
numérica a la calidez epidérmica cuando ubican
a Venezuela como el país más feliz de América Latina y el noveno más feliz del
mundo. Cosas del Mar Caribe, la condición musical de sus habitantes y el empeño
de una revolución. Digo yo.


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