La música, como el teatro, el cine y
la danza, es una expresión artística que se manifiesta en espacio y tiempo
pero, a diferencia de aquellas cuyo espacio es el escénico, el de la música se
adapta directamente al espacio del receptor pues no importa el lugar ni las
tareas que se encuentre realizando durante su audición. Basta apenas con un
equipo de sonido, un aparato de radio, y, ahora, con esos minúsculos depósitos
de canciones en formato digital que, de acuerdo a la vertiginosa marcha de la
tecnología podemos llamar Mp3, Mp4, Ipods,
teléfonos celulares, Blackberrys,
y pare usted de contar, cuyas
dimensiones permiten que el usuario disfrute de miles de canciones. Es entonces
cuando podemos constatar del elemento esencial de esta manifestación del
espíritu creador del ser humano: El Tiempo.
El tiempo en la música parece
transcurrir de manera independiente al tiempo social, e incluso al tiempo
biológico. No importa cuan apurado este el oyente, un adagio siempre será un
adagio. La persona receptora podrá estar
experimentando esa poco frecuente sensación de tiempo dilatado y no por eso
podrá reducir la fugacidad de un allegro. Por otro lado, y precisamente por
todos esos factores tecnológicos nombrados en el párrafo anterior, es cada vez
más frecuente encontrar empleados realizando sus labores enchufados a un
reproductor, pues de esta manera parece transcurrir el tiempo más rápido que en
absoluto silencio.
La música es sin duda un
flexibilizador de espacio y tiempo y así lo han entendido, por ejemplo, los profesionales del cine que la utilizan
para ayudar a detener o acelerar la percepción temporal y los desplazamientos espaciales de sus
historias, en muchos casos de manera magistral. Recuerdo las largas escenas de
duelos de los Spaghetti-western de
Sergio Leone dónde la música de Ennio Morricone se encargaba de crear la
tensión necesaria para que no sólo se sintiera el paso del tiempo sino también
toda la agitación emocional de los protagonistas durante esos eternos
segundos.
En estudios realizados en torno a la música y la percepción
del tiempo en tiendas y supermercados las conclusiones alcanzadas aseguran que
los individuos expuestos a la música familiar pensaban que habían hecho compras
en una cantidad de tiempo menor al tiempo real. Esto se contrapone a la percepción del tiempo de
permanencia en la tienda de aquellos individuos expuestos a música desconocida,
pues para ellos había transcurrido más tiempo que el real. Pasa igual en un
viaje por carretera dónde parecen más cortas las distancias si vamos escuchando
una selección musical hecha por mano propia en lugar de depender de los
caprichos y parrillas de las radioemisoras. El mini-reproductor digital también
da mejores resultados durante un viaje en avión que las opciones ofrecidas por
la aerolínea.
Siguiendo esa misma lógica tenemos que admitir como
manifestación extrema del individualismo cuando en un viaje familiar cada
pasajero va conectado a su propio mundo musical.
Escribo estas líneas y de pronto
salta a mi mente el recuerdo de aquellos paseos de mi infancia, con radios que
dejaban de recibir señales apenas el carro se alejaba de un centro poblado
importante. Entonces el recorrido se nos hacía placentero cuando las canciones,
generadas por los mismos pasajeros, eran aderezadas con chistes y anécdotas con
las cuales íbamos recuperando nuestra propia historia, reconociéndonos como
familia. Era el sortilegio de la palabra hablada, sonidos que nos remitían a
personajes conocidos, de nuestra sangre. Historias hilarantes, trágicas,
conmovedoras, aterradoras como piezas de un rompecabezas mucho más seductor que
un árido árbol genealógico. Mis evocaciones alcanzan también la escena rural
dónde el silencio de la noche es invadido por la voz que crea y recrea relatos
y pasajes acompañados por las cuatro cuerdas de la guitarrita para –al igual
que el inmortal Florentino de la leyenda- invocar a un pronto amanecer libre de
espantos y aparecidos. Es Sherezade, la de Las
mil y una noche posponiendo su ejecución, Son palabra y música desafiando la
implacabilidad de las horas.


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