A Diego Silva
Estuve tres años involucrado en un
proyecto apasionante que logró su
concreción parcial en sendas producciones discográficas bajo el título de
“Testimonios Sonoros de la Libertad”.
Adentrarme en un aspecto de nuestra
historia musical que durante casi 2 siglos fue prácticamente ignorado y tratar
de entender la razón de tanta indiferencia por parte de nuestros mas granados
especialista hacia el género de la canción patriótica hizo que dirigiera mis
cavilaciones hacia un tema sobre el cual han surgido importantes reflexiones de
destacados pensadores: Arte y Sociedad, Arte y Compromiso.
No pienso llenar esta crónica con
citas de Theodor W. Adorno u otro gran filósofo para jactarme ante los lectores
de mis conocimientos, entre otras cosas porque no poseo tales conocimientos y
porque, siguiendo con mis confesiones, siempre he preferido acercarme al tema
desde su fuente –la creación- y no desde la reflexión que la obra ha generado
en terceros, de manera que admito vislumbrar mayores certezas sobre el tema,
más que siguiendo los iluminados aportes fenomenológicos del autor de la Teoría Estética. a partir de las hazañas
de ese otro Teodoro W. Adorno peludo y enigmático, el gato del admirado Julio
Cortazar, compañero de camino en esa hermosa travesía literaria que llamó La vuelta al día en ochenta mundos.
Efectivamente, la canción patriótica
existe desde los tiempos de los movimientos anti-monárquicos en Europa y en
todos los países de nuestro continente durante el período independentista, pero
sólo en Venezuela se desarrolló como género sinfónico coral. Es, por lo tanto,
el más importante aporte venezolano a la historia de la música universal. Sin
embargo, la mayoría de estas obras apenas vuelve a salir a la luz pública a
partir de la investigación emprendida por el equipo encabezado por el maestro
Diego Silva Silva y del cual formé
parte, por lo que resulta pertinente preguntar la razón por la que se
mantuvieron silenciadas durante casi todo el tiempo que tenemos como nación
soberana.
Se me ocurre pensar en el asunto del
compromiso adquirido por estos creadores como la razón fundamental para ese
proceso sistemático de olvido y ocultamiento. La posición asumida por ellos
generaba incomodidad tanto en aquellos que ostentaban el poder político como en
el sistema mismo del cual son sus representantes. Para los nuevos caudillos, la
figura y, sobre todo, el pensamiento de Bolívar debían ser arrancados de la
memoria popular y la mayoría de estas canciones exaltaban a El libertador,
incluso en los tiempos difíciles de la separación de la Gran Colombia y el
poder emergente que acusaba a Bolívar de dictador y tirano.
Unido a esto hay evidencia de un
desinterés calculado, un desprecio cercano al racismo endógeno, una
desvalorización producto del enfoque eurocentrista infiltrado en la formación
de nuestros artistas, combinado con la necesaria invisibilización del mal
ejemplo que estos músicos podían dar contra el pensamiento hegemónico pues,
según éste, el artista debe comportarse como un ser puro, aséptico, esterilizado de todo rasgo de conciencia
política y social. La concepción burguesa del llamado arte por el arte no
es más que la neutralización del espíritu revolucionario, transgresor de la
sociedad, que toda creación verdadera debe llevar consigo, exaltando únicamente
el valor estético “ornamental” que convierte a la obra en mercancía ideada y promovida desde la lógica del mercado: Por
eso, desde el poder, se promueve el arte complaciente, el arte alienante, el
arte para la evasión.
Los compositores que participaron en
la gesta de nuestra independencia simplemente fueron coherentes con su
propuesta estética. Rompieron esquemas, desafiaron el poder constituido y, a su
vez, alcanzaron un alto grado de sofisticación en su obra como para callar
cualquier voz que quisiera atacarlos desde el sacrosanto conocimiento de la
academia. Lamentablemente, aun en nuestros días, sigue contaminada la
percepción del arte y la cultura en todos los flancos, fortaleciendo, algunas veces con
premeditación y alevosía y en otros escenarios por simple imitación sin
reflexión, los símbolos de la dominación, por encima de la corriente contra-hegemónica
que toda revolución tiene el deber de surcar.
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