De necios y otros orgullos

A   Diego Silva

Estuve tres años involucrado en un proyecto apasionante  que logró su concreción parcial en sendas producciones discográficas bajo el título de “Testimonios Sonoros de la Libertad”.
Adentrarme en un aspecto de nuestra historia musical que durante casi 2 siglos fue prácticamente ignorado y tratar de entender la razón de tanta indiferencia por parte de nuestros mas granados especialista hacia el género de la canción patriótica hizo que dirigiera mis cavilaciones hacia un tema sobre el cual han surgido importantes reflexiones de destacados pensadores: Arte y Sociedad, Arte y Compromiso.
No pienso llenar esta crónica con citas de Theodor W. Adorno u otro gran filósofo para jactarme ante los lectores de mis conocimientos, entre otras cosas porque no poseo tales conocimientos y porque, siguiendo con mis confesiones, siempre he preferido acercarme al tema desde su fuente –la creación- y no desde la reflexión que la obra ha generado en terceros, de manera que admito vislumbrar mayores certezas sobre el tema, más que siguiendo los iluminados aportes fenomenológicos del autor de la Teoría Estética. a partir de las hazañas de ese otro Teodoro W. Adorno peludo y enigmático, el gato del admirado Julio Cortazar, compañero de camino en esa hermosa travesía literaria que llamó La vuelta al día en ochenta mundos.
Los músicos pardos Atanasio Bello Montero, José María Isaza, Lino Gallardo, Juan José Landaeta así como Juan Meserón (de padre francés) y José Lorenzo Montero, nos legaron una serie de canciones patrióticas dónde la belleza artística, la complejidad técnica y el contenido político van tomados de la mano con una contundencia imposible de refutar. Son obras de arte que cumplen a su vez una función social y política. Son revolucionarias en todo punto de vista: desde el estético hasta el militante. A esto debemos sumarle una revelación que las posiciona en un lugar privilegiado de nuestra historia musical. Son un género único en el mundo.
Efectivamente, la canción patriótica existe desde los tiempos de los movimientos anti-monárquicos en Europa y en todos los países de nuestro continente durante el período independentista, pero sólo en Venezuela se desarrolló como género sinfónico coral. Es, por lo tanto, el más importante aporte venezolano a la historia de la música universal. Sin embargo, la mayoría de estas obras apenas vuelve a salir a la luz pública a partir de la investigación emprendida por el equipo encabezado por el maestro Diego Silva Silva  y del cual formé parte, por lo que resulta pertinente preguntar la razón por la que se mantuvieron silenciadas durante casi todo el tiempo que tenemos como nación soberana.
Se me ocurre pensar en el asunto del compromiso adquirido por estos creadores como la razón fundamental para ese proceso sistemático de olvido y ocultamiento. La posición asumida por ellos generaba incomodidad tanto en aquellos que ostentaban el poder político como en el sistema mismo del cual son sus representantes. Para los nuevos caudillos, la figura y, sobre todo, el pensamiento de Bolívar debían ser arrancados de la memoria popular y la mayoría de estas canciones exaltaban a El libertador, incluso en los tiempos difíciles de la separación de la Gran Colombia y el poder emergente que acusaba a Bolívar de dictador y tirano.
Unido a esto hay evidencia de un desinterés calculado, un desprecio cercano al racismo endógeno, una desvalorización producto del enfoque eurocentrista infiltrado en la formación de nuestros artistas, combinado con la necesaria invisibilización del mal ejemplo que estos músicos podían dar contra el pensamiento hegemónico pues, según éste, el artista debe comportarse como un ser puro, aséptico,  esterilizado de todo rasgo de conciencia política y social. La concepción burguesa del llamado arte por el arte no es más que la neutralización del espíritu revolucionario, transgresor de la sociedad, que toda creación verdadera debe llevar consigo, exaltando únicamente el valor estético “ornamental” que convierte a la obra en mercancía ideada  y promovida desde la lógica del mercado: Por eso, desde el poder, se promueve el arte complaciente, el arte alienante, el arte para la evasión.
Los compositores que participaron en la gesta de nuestra independencia simplemente fueron coherentes con su propuesta estética. Rompieron esquemas, desafiaron el poder constituido y, a su vez, alcanzaron un alto grado de sofisticación en su obra como para callar cualquier voz que quisiera atacarlos desde el sacrosanto conocimiento de la academia. Lamentablemente, aun en nuestros días, sigue contaminada la percepción del arte y la cultura en todos los flancos,  fortaleciendo, algunas veces con premeditación y alevosía y en otros escenarios por simple imitación sin reflexión, los símbolos de la dominación, por encima de la corriente contra-hegemónica que toda revolución tiene el deber de surcar.

Comentarios