Reggaeton adorado tormento


Cuando la música se vuelve danza sustituye a la palabra para crear con el cuerpo una forma de comunicación tan ancestral como efectiva. La música hecha baile es, a fin de cuentas, un homenaje a la humanidad simbolizada en la conjunción, a veces fortuita a veces planeada, de dos cuerpos dispuestos a aplaudir la vida. Quizás sea por esta razón que la hace propensa a tener enemigos capaces de colocarla al lado de palabras odiosas como el pecado y la lujuria y sirviéndose de otras palabras, no menos repugnantes, para atacarla: La honra, la moral, las buenas costumbres.
            Pero ¿cómo se hace? Se vive en un país cuyos pobladores originarios eran, según se cuenta  inclinatísimos y acostumbrados a mucho bailar, y para colmo de males se diversificó la población con la traída de cientos de esclavos de Africa  cuyos bailes resultaban tan lascivos a los ojos de la iglesia que llegaron a prohibirse en 1687 por considerar que de ellos se seguían grandes ofensas a Dios, asunto que no llegó a prosperar pues un siglo después, en 1759, otro grito al cielo se emitiría desde la alta jerarquía eclesiástica pues  aunque los bailes no sean en sí ocasión de pecar, lo son regularmente en la práctica, debiendo tener entendido los hombres y mujeres cuan grande y peligrosa acción de pecar sea la de bailar juntos[1], razón por la cual se prohibió cualquier baile lujurioso, como los fandangos, la mochilera, la zapa, el sarambeque, las danzas de monos y similares, donde existiera contactos entre ambos sexos. Ya  España se había contagiado con estos bailes de tocamiento venidos del nuevo mundo -sobre todo la zarabanda, mencionada por Don Miguel de Cervantes en algunas de sus obras- porque, seamos sinceros, también nuestros conquistadores le metían a la farra con mucho menos recato que los ingleses, los holandeses o los alemanes. Vaya usted a saber si no era para evitar que el viejo continente cayera en las garras de esa moda del sentir que se tomaron medidas tan severas en las tierras tropicales.
Bailando Rucaneao en un mabil de Caracas a principios del siglo XX
            Hoy en día para nadie es ajena la enorme carga de sensualidad que contiene un baile de tambores de la costa central. Mucho escándalo se armó cuando Luis Alfonzo Larraín incorporó al merengue caraqueño en su repertorio de salón pues hasta ese momento la danza sólo era permitida en locales de “mala reputación” debido a la manera como se bailaba entrecruzando las piernas y frotando las pelvis y que era conocida como “el rucaneo”. También desde Las Antillas nos invadieron con géneros sugestivos como el danzón, el son y el bolero, danzas nacidas, al igual que nuestro merengue y la canción de serenata  de la contradanza cubana. Hasta tierras australes llegó el pecaminoso ritmo y dejó su huella, pues esa misma contradanza cubana también dio origen nada más y nada menos que al tango argentino.
            Todas estas manifestaciones del espíritu libre y la naturaleza sensual del género humano tienen en común lo espontáneo de su origen y la estrecha relación con las comunidades que las originaron. Son, en otras palabras, imagen y semejanza de los pueblos que la cultivan y por lo tanto, no deben ser susceptibles de valoraciones  limitadas a escalas morales impuestas por  las culturas hegemónicas cuya finalidad última es imponer sus modos de vivir -y hasta de sentir- eliminando todo rasgo de la cultura dominada.
            Para ello, la cultura hegemónica se sirve de diversas estrategias, siendo una de ellas la llamada cultura pop que no es más que el control desde lo ideológico de aquello que alguna vez fue espontáneo y telúrico. Contra la sensualidad ancestral, se instala entonces la pornografía que no solo controla e impone modelos estéticos, sino además formas de comportamiento incluso en el espacio más privado: el de la intimidad.
            Asi nace el reggaeton. En laboratorios que diseñan productos para sustituir la espontaneidad gratuita por un placer mercancía, la intensidad orgánica por la banalidad sexista, propiciando el desprecio en lugar del encuentro en adolescentes que inician su recorrido por el angustioso mundo de las relaciones humanas. Anulando la comunicación sutil de los cuerpos, lo sugestivo muere ante lo obvio. Fatal papel de la moda este de convertir el oro en excremento. No resulta entonces extraño que la alta jerarquía eclesiástica calle aquí lo que tanto le escandalizó en otras circunstancias. Este pecado es menos inmoral porque es hijo del establishment. Yo por mi parte prefiero morir en mi rucaneo y con la hebilla bien pulida.



1-       [1]          El obispo Diez Madroñero / Pedro Pares  Espino.—Caracas: Vargas, 1927.

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