Escena memorable de la película “El Inquilino” (1976) de Roman
Polanski es aquella en la cual el protagonista, un inmigrante que sufre el
asedio del conserje y vecinos en un condominio parisino con severas reglas de
convivencia, visita una noche el apartamento de un conocido de nacionalidad
estadounidense, quien lo incita a
hacerse respetar y no tener contemplación con nadie. Acto seguido, el bravucón
coloca en el tocadiscos un Long Play
cargado de marchas militares interpretadas a “full banda” y, jactándose de
poseer un sistema de amplificación de alta fidelidad y sonido
cuadrafónico, lleva el volumen al máximo
de su capacidad sin importarle las quejas y súplicas de los vecinos. Esta
imagen es una expresión cotidiana de uno de los valores sustantivos del
capitalismo: el individualismo. A través de esa actitud, según la cual sólo con
el esfuerzo propio se puede transitar el camino del éxito sin importar cuántas
cabezas haya que cortar para llegar a él, los seres humanos hemos acabado
practicando un concepto de bienestar muy poco solidario e irrespetuoso con el
ambiente y con la comunidad que nos rodea. Esto se ve reflejado en todas las
facetas de la vida, incluso en aquellas que abarcan el ámbito del placer, como
suele ocurrir en ocasiones de fiestas y reuniones como espacios para compartir
y disfrutar de la compañía de otros con la música como elemento generador de
felicidad.
En Europa -sobre todo en los países de Europa central-, existen
reglas estrictas que prohíben reuniones escandalosas después de las 10 de la
noche. Claro que el concepto de fiesta en cada país va ligado a la
idiosincrasia de sus ciudadanos, vale aclarar que allá son poco frecuentes las
ocasiones en que se infringen las normas, a menos que el inquilino sea
inmigrante latinoamericano, africano o andaluz. En esos casos, la norma es
inflexible, por lo tanto, es común encontrar al vecino invitado -generalmente
para evitar alguna queja por el alboroto- disfrutando de la fiesta del mexicano
que vive en el 5-A (ojo, mexicano para un europeo común es sinónimo de
habitante del ancho territorio que abarca desde el sur del Río Grande hasta la Patagonia , incluyendo islas
del Caribe), despidiéndose a las diez en punto y llamando a la policía cinco
minutos después de abandonar el sarao.
En América Latina -sobre todo en nuestra exuberante región
caribeña-, el volumen de la música se ha convertido en un asunto de status y hasta de ostentación de
territorialidad. Resulta curioso ver cómo, por ejemplo, en Puerto Colombia
(Aragua), las licorerías hacen competencia por mantener el volumen más alto de
sus equipos de sonido, creando un ambiente muy ruidoso que, al cabo de unos minutos,
resulta insoportable. Algo así ocurre, si se quiere con más coherencia, en la
famosa avenida sexta de Calí. Digo coherencia, pues se trata de locales para el
baile y, por lo tanto, se entiende que quieran exhibir al transeúnte, la oferta
melódica de sus seleccionadores. Son como discotecas al revés, pues mientras
estas se construyen deliberadamente con materiales que aíslan el ruido,
limitándolo al interior del local, en las salas de baile caleñas, parece
escucharse la música con mayor volumen en la calle que en el salón.
La situación empeora cuando se trata de rumbas en viviendas u otros
espacios para los cuales no hay reglamento o -si lo hay- no suele acatarse. Al menos en los salones de
fiesta de los edificios, existen horarios de uso que, mal que bien, restringen
la posibilidad de prolongar el escándalo. Pero, ¿qué ocurre cuando la fiesta se
realiza en una casa o en algún apartamento? ¿Y si el asunto sucede un domingo
en la mañana cuando uno está en el mejor sueñito reparador, y desde la casa vecina
se escucha la voz de José Luis Perales a todo gañote preguntando “y quién es él
y en qué lugar se enamoró de ti?”. ¿Qué hacer con los inconscientes que se
colocan en una calle residencial con el equipo del carro, bombardeando
reggeaton a diestra y siniestra? ¿A quién acudir cuando se interrumpe el
maravilloso sonido de las olas del mar en una playa, debido a vecinos de toldo
que prefieren invadir el espacio con changa pareja? ¿Cómo proceder ante un chofer de autobuses que ejerce la tiranía al
imponer sus gustos musicales a niveles ensordecedores bajo la impotencia de sus
usuarios?
De acuerdo con la
Ordenanza de Convivencia Ciudadana del Cabildo Metropolitano
de Caracas (2001) en su artículo 23, señala que quien contamine el ambiente con
la realización de fiestas o reuniones excesivamente escandalosas será
sancionado con multa de diez unidades tributarias o la realización de algunos
de los trabajos comunitarios establecidos en el artículo 38 de dicha ordenanza.
Similares artículos se observan en ordenanzas de distintos municipios del país.
Hay, pues, una legislación punitiva en lo referente a la emisión de sonidos que
excedan los límites establecidos (que oscilan entre los 45 y 65 decibeles.)
Personalmente, no conozco a nadie que haya pagado alguna vez en su vida una
multa por fiestas escandalosas, y mira que conozco parranderos insignes.
La contaminación sónica no sólo afecta a los ciudadanos. Al final, termina creando
animadversión contra el arte musical. Sólo a través de la transformación del
espíritu, de un cambio de consciencia que fortalezca lo colectivo por encima de
lo individual, se podrá recobrar la esencia de la fiesta como disfrute e
intercambio, como fortalecimiento de las relaciones humanas que considera y
respeta al prójimo y siente el placer de la música compartida.

Exelente mi pana
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