La Carlota : Impreci(si)ones de una nostalgia


Escudriñando entre viejos archivos encontré este relato sobre La Carlota gracias al cual empecé a escribir en ese semanario maravilloso llamado En Caracas. Con la publicación de este viejo artículo me propongo continuar con la tarea  de ir registrando en mi blog crónicas y comentarios sobre la ciudad, el país y los momentos históricos que atravesamos. Espero que mis fieles lectores lo reciban con el mismo entusiasmo con el cual, una vez rescatado del olvido, lo estoy poniendo bajo el dominio ilimitado de la web. 

Para algunos podría sonar snob o, en el peor de los casos, cursi si llegara a escuchar de boca de otro que es una especie de villa mediterránea ésta que, abarcando las urbanizaciones Santa Cecilia, La Carlota y Campo Claro, conforma la Parroquia del Espíritu Santo.Hoy Leoncio Martínez
Italianos zapateros, carniceros, constructores y barberos, españoles ferreteros, taxistas, comerciantes y también constructores, y, no faltaba más, los obligados portugueses de abastos y panaderías, habitan este sector del este caraqueño desde su fundación, hace unos cincuenta años. Y digo habitan desde el más amplio sentido de la palabra porque no cabe duda que, cuando arrancaron con el proyecto de urbanizar los alrededores de La Casona, solo faltó que trajeran los ladrillos y las cabillas desde la Europa que abandonaron por razones de guerra y otras miserias. En sus mentes, estos maestros de obra traían sus casas, sus edificios, sus avenidas y sus costumbres. Aquí estaba el espacio para llenarlo con sus pensamientos y así lo hicieron.
Se dice que los primeros pobladores de esta parroquia fueron dos familias que habían compartido un cuadro único con seis caballos ganadores. Sus casas, llamada una El Milagro y la otra Fátima, cuentan con sendos nichos sobre sus puertas de entrada donde reposan la Virgen de Coromoto en una y la de Fátima en la otra. Este inicio poco heroico pudo, tal vez, haber influido en los nuevos vecinos, venidos de tierras donde la esperanza también había emigrado, convirtiéndose en los más fervientes fanáticos del deporte hípico. Razón por la cual se veían, cada domingo, en la obligación de hacer largas colas frente al sellado de la calle B, chapuceando sus primeras palabras castellanas mezcladas con el napolitano o el gallego original y los nombres en dudoso inglés de las yeguas  competidoras.
Edificios no mayores de seis pisos alternan, sin asfixiarlas, con casas cuyos techos o garajes fueron convertidos, en los primeros tiempos,  en plantíos de Vid, gracias a las cepas traídas cuidadosamente en los bolsillos raídos del inmigrante desde el remoto pueblo natal.  Un vino casero de estricto uso familiar sigue, aún hoy, embotellándose en algunas de estas casas.
La avenida principal, con su larga plaza que divide los dos canales que la conforman, es el  centro de reunión y esparcimiento de los parroquianos. Allí en la plaza se encuentran los viejos pensionados para jugar domino y ajedrez, sus señoras sacan a los nietos para que corran entre árboles y bancos mientras ellas se actualizan en cuestión de chismes, y las sirvientas se citan con sus novios, soldados que resguardan La Casona, para asuntos de amores que exhiben sin importar niños, chismosas ni trancas con cochina ahorcada.
En los años ’70 la parroquia contaba con sus propios locos, siendo el más prominente aquel a quién apodaban Rosita. Prominente porque, según aseguraban algunos vecinos, de él se había inspirado Joselo para construir su famoso personaje del mendigo. También se decía que cada cierto tiempo –en realidad no con mucha frecuencia- Rosita remontaba la Avenida Sucre de Sebucán hasta llegar a la cota mil para lavarse en el manantial de La Castellana despojándose de todos sus andrajos. Luego bajaba, como Dios lo trajo al mundo, por la avenida principal  vociferando tremebundas groserías. Era la señal para que la gente del lugar empezara a lanzarle desde las puertas de sus viviendas, toda suerte de trapos con los que se iba vistiendo. Al llegar a la redoma ya exhibía su recién adquirida vieja indumentaria -a la que nunca podía faltarle el obligatorio saco negro- de la cual no se desprendería hasta la próxima sesión de aseo.
Entre las diversiones infantiles de aquella época se encontraba la de gritar en las cercanías del loco Rosita márico y salir corriendo perseguidos por el enfurecido enajenado. Era algo así como jugar a la ere y si la ere te atrapaba, adiós luz que te apagaste. Recuerdo una tarde en que mi hermano Guillermo y nuestro gran amigo de infancia Juan Carlos Montero vieron a una pobre señora con sendos muchachitos guindados en sus brazos corriendo desesperadamente perseguida por el loco. Una situación dramática que exigía un acto heroico. Sin pensarlo dos veces Juan Carlos le dijo a Guillermo Prepárate a volar chamo y acto seguido lanzó el grito desestabilizador Rosita márico. Ese día rompieron el record de los cien metros planos, aunque los únicos aplausos que llegaron a escuchar fueron los de la agotada señora.
De Rosita no volví a saber nada. Ahora, en su lugar, hay por las calles de La Carlota una suerte de cofradía encargada de asaltar bolsas de basura en busca de aluminio y restos de comida. Rosita nunca necesitó llegar a esas bajezas. Tal vez por el hecho de que, según rezaba otras de las leyendas en torno suyo, su esposa, con la que se casó antes de volverse loco, trabajaba en Il Fetuccini y siempre se preocupó por hacerle llegar su vianda con pasta fresca hecha en casa, las más famosas de Caracas para aquel entonces.
Porque, a diferencia de La Candelaria, en La Carlota los italianos se le adelantaron a los españoles en lo referente a asuntos gastronómicos. Durante muchos años el más frecuentado de los restaurantes de la zona ostentaba el simple nombre de Restaurant Italiano. Éste, junto al Bologna, el Bienestar, Il Fetuccini y la Pizzería Mr. Pepe eran las opciones que, tanto lugareños como oficinistas y obreros de la zona industrial de Los Ruices, tenían a la hora del almuerzo. Posteriormente, el dueño de la Pizzería decidió expandir el negocio en la zona y así fueron instalados en la Avenida Principal primero el Da Luciano y posteriormente Il Vesubio. Con un estilo más juvenil que incluía una pantalla gigante para disfrutar partidos de fútbol y béisbol, este gran magnate del negocio de las pastas y el carpacho, construyó hace un par de años, en la Calle C , el Lucky Luciano con el cual también probó suerte en horas del desayuno quitándole una gran cantidad de clientes, sobre todo padres y representantes del cercano Colegio Francia, al prestigioso Café Vomero de la principal de Campo Claro donde, según consta en variados artículos de prensa de diferentes años, se hace el mejor capuchino de Caracas. Por cierto que esta avenida constituía, en los setenta, la zona rosa de la parroquia. Allí se encontraban los bares de ficheras Campo Claro, Teresa y Ruffin’s Room, siendo éste último el único que sobrevive en  nuestros días. Ahora, en lugar de los otros dos botiquines podemos encontrar una tasca, que cambia de dueño y nombre con bastante frecuencia, y un restaurant chino. La oferta gastronómica quedaba coronada, hasta hace unos meses, por el restaurant japonés Matsu Sushi, el cual, un mal día de diciembre cerró sus puertas y hasta el sol de hoy.
La cercanía con la zona industrial de Los Ruices no sólo ha garantizado la clientela de los restaurantes sino que también ha sido aprovechada por los parroquianos para otros menesteres. Basta con un ejemplo, la fábrica de hielo con su servicio de expendio las 24 horas del día le ha conferido a la zona un privilegio envidiado por otros rincones de la ciudad. Gracias a ella, es ésta quizás la única zona de Caracas cuyas rumbas de fines de semana no se acaban por culpa de la escasez de hielo.
En los tiempos actuales, de intensa pugnacidad política, ha resultado íncomoda –de alguna manera hay que adjetivar el asunto- la cercanía de la parroquia con tres entidades emblemáticas del Estado. Dos en la periferia, la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda (mejor conocida como Aeropuerto La Carlota), y el canal ocho, y la tercera en el núcleo de las tres urbanizaciones, la Residencia Presidencial conocida como La Casona.
Sabida es la famosa fuga de Pérez Jiménez por el aeropuerto de marras y el suceso de la maleta olvidada aquel 23 de enero de 1958. De ahí en adelante, siempre se caracterizó la parroquia por ser una de las zonas más tranquilas de la capital. Para los lugareños, el aeropuerto significaba dos cosas: la prohibición, que se agradece, de construir edificios mayores de seis pisos y la caída de una avioneta por ahí por el año 1973 en el techo del Centro Colgate, donde quedaba , nada más y nada menos que el Dun Dun, self-service que servía de escondite a los estudiantes jubilados del Colegio Francia. Por su parte el canal ocho significaba la posibilidad de encontrarse con algún artista de la farándula merodeando la zona (El periodista Walter Martínez, por ejemplo, convertido, desde sus primeros tiempos en ese canal y hasta nuestros días, en fiel cliente de Gaetano, el singular cortador de cabello de la Barbería Nápoles quien siempre tuvo olfato para contratar asistentes por demás peculiares, en especial el inolvidable Rivero que, cuando no estaba cortando el pelo estaba repiqueteando unas maracas y entonando un genial golpe tuyero) . También los muchachos de la zona aprovechaban para asistir a los programas en vivo del canal como el de los célebres payasos españoles Gaby, Fofo y Miliki, o aquella comedia protagonizada por Jorge Felix y Olga Henríquez llamada Apartamento 18 –copia fiel de Casos y cosas de casa con la que Felix compartía roles con America Alonso-.
La Casona es el lugar de encuentro de la familia, con los hijos pequeños que se divierten, embelesados, todos los días, a las seis de la tarde, con la parada militar escenificada para arriar la bandera de la plaza que se encuentra en su frente. Su presencia es, a su vez, razón para mantener la zona vigilada y libre de actos rateriles. Un atraco, un hurto son un verdadero acontecimiento en la zona. Famoso es el caso de un vecino de la calle C al que un ladrón despojó de su vehículo cuando éste llegaba a su casa de madrugada. El ladrón alegó que a esa hora no iba a conseguir quien lo llevara a su casa y que por eso se veía en la obligación de robarle el carro al vecino parrandero, pero que no se preocupara pues al día siguiente si se acercaba a  no sé cual transversal de Altamira, podía tener la seguridad que allí encontraría su carro nuevamente. Y así fue.
Después de 1992 y las dos rebeliones cívico militares,  los tres puntos se convirtieron en referencia de agitación, bombardeos, zaperoco hereje y pare Ud.  de contar. Innumerables son las anécdotas que cada parroquiano resguarda de aquellos sucesos. Desde aquellos que se vieron obligados a pasar la noche bajo los muebles de la sala, el piloto de Viasa al que la Disip le decomisó la camioneta pick up para trasladar a los heridos y a eso de las diez de la mañana se le aparecieron en la puerta de la casa devolviéndole el vehículo y agradeciendo el favor a la Patria, hasta el concierto de detonaciones de toda  índole que de pronto se interrumpía cuando, desde un megáfono, se escuchaba una voz pidiendo una tregua de diez minutos para recoger a los heridos.
En 2002, la presencia de grupos de vecinos apostados en los alrededores de La Casona caceroleando y vociferando hasta la insensatez mueras al presidente, cuando éste ni siquiera dormía allí, obligó a la primera dama a recoger sus chachachás y sus hijos y mudarse de ciudad. La zona se militarizó y el espectáculo de las seis de la tarde fue suspendido hasta nuevo aviso. Las madres que llevaban a sus hijos a montar bicicletas y patines y jugar a la pelota debieron mudarse hasta el parque de Santa Cecilia, un poco más abajo.
La condición pueblerina de la parroquia quedaba en evidencia hasta los lejanos diciembres de loa años 70 cuando se celebraban misas de aguinaldo y las calles se cerraban para las patinatas y venta de arepitas dulces y buñuelos. Eran tiempos en que toda la zona se veía invadida por el sonido metálico de los patines Winchester y lo más estruendoso eran aquellos tumbarranchos que, al lado de los actuales Bin Laden, bien podrían pasar por inocentes triquitraquis.
A partir de 1999, un intento por recuperar ese espíritu de las navidades de otrora, parece ir calando cada vez más en la población de La Carlota cuando, todos los 30 de diciembre a la medianoche abren sus puertas y ventanas para recibir a un numeroso grupo de parranderos que, al son de aguinaldos y parrandas, recorren las calles llevando como estandarte el símbolo de resistencia eléctrica simulando una mano que sostiene un vaso en cuyas puntas se lee KR. Se trata de La Parranda del Kopus Ron, asociación sin fines que, de acuerdo a sus miembros, pregona la política de la alegría. Entonces se echan a un lado diferencias políticas, de raza, credo y nacionalidad y renace, bajo el sortilegio de la música, aquel olor a inocencia que aún se respiraba cuando la parroquia Leoncio Martínez parecía una villa mediterránea sazonada con salchichón, vino tinto y arepa.

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