A
Pilar
Tal vez por ser una de las primeras formas de comunicarse del ser
humano. Porque primero fue el sonido y después vino el verbo. Porque es una
manifestación de la naturaleza y de eso pueden dar cuenta los pájaros. No
existe arte que llegue tan directamente al alma como la música. Sin
intermediación alguna del intelecto, el sonido musical pasa del oído al
espíritu provocando en el privilegiado sentimientos de toda índole. La
nostalgia es, sin lugar a dudas, la razón de todos ellos, tanto de la abrupta
alegría como de la incontrolable tristeza, de la taquicardia amorosa o la
ternura infantil pero también de la ira incurable o el dolor de la decepción.
Es el poder evocativo de los sonidos.
No requiere preparación previa ni permiso de acceso. El asunto
ocurre en los momentos menos esperados. Basta con que coincidan en un mismo
espacio y tiempo la persona y alguna melodía que active ciertos rincones de su
memoria para que la evocación se abra paso sin discriminación ni orden de
trascendencia. No importa, pues, que el momento evocado haya determinado o no
el destino del evocador. La infancia, generalmente una época feliz, tiene, tal
vez, la preeminencia en asuntos de nostalgias. Por eso, no es extraño que al
enfrentarse el distraído con algún porro colombiano de los sesenta tipo ¿Dónde
estás, dónde estás Yolanda? ¿Qué pasó qué pasó Yolanda? acabe viajando en
el tiempo encontrándose de pronto en el asiento de atrás de un Mercury rojo de
techo negro modelo 1955 escuchando la radio y aspirando olores de gasolina
mientras la tía, orgullosa propietaria de aquel carro blindado, solicita al
bombero de la estación de servicio CVP cercana a la sede de la Lotería de Caracas en la
avenida San Martín, que llene el tanque y revise el aceite. Nada trascendental
y sin embargo son las noches de una Artigas casi rural, es el regreso del
kindergarten -turno de la tarde- en la Escuela Nacional
Gran Colombia, es el diario paseo por la Cota 905 y la mano de la conductora buscando en
los botones de la radio una mayor nitidez en la señal. Es el retorno a una
ciudad presentida como inocente, con la mirada de un niño de 4 años, ignorante
aún de la otra realidad, la del disparen primero y averigüen después, la
de las ausencias temporales del padre porque tuvo que meterse en el monte para
extraer una bala de la pierna de un camarada herido en acción. Es entonces, la
protección de ese asiento trasero del Mercury modelo 1955 y la seguridad de que
allí se puede ser inmortal. Todo esto ocurre en algún universo paralelo, el de
la evocación, mientras el receptor camina el primer día soleado de un mes
exageradamente lluvioso huyendo del agobio de la oficina para dedicarse a un
almuerzo bien merecido ignorante del viaje en el tiempo que emprenderá y ese
pedacito de felicidad que poseerá al salir la melodía de marras de los
altoparlantes de aquella zapatería ¿Dónde estás, dónde estás Yolanda? ¿qué
pasó, qué pasó Yolanda? te busqué, te busqué Yolanda y no estás y no estás
Yolanda

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