Queda convenido que borracho no vale
En
Honor a la verdad el punto de partida de esta investigación resulta tan
nebuloso como los ambientes a los que debía enfrentarme para su desarrollo.
Hace más de una década un buen amigo me contó que, en sus últimos años de vida,
Daniel Santos acabó matando tigritos en algunos bares de la Avenida Baralt.
Según esta fuente, el Inquieto Anacobero se presentaba instalado en su silla de
ruedas manejándose como pez en el agua en aquellos ambientes dónde la sordidez
se respiraba como un elemento más de la cotidianidad. En otras palabras, había
sido sustituida por la patética esclavitud de las dos ruedas unidas a una silla
de metal la mesa en la que solía sentarse cuando hacía sus rutinas y desde la cual, trago en mano, charlaba con
el público, abría su Show con Recordar es vivir, tomaba un sorbo del vaso
recién servido, reanudaba el canto con
Linda, Dos Gardenias, Margie, Esperanza inútil, se metía otro guamazo y
relataba otra anécdota para continuar con Perdón, Obsesión, Vive como yo,
Virgen de Medianoche, El Preso, hasta culminar cada noche, como un ritual
sagrado, con La
Despedida. Dos razones me llevaron a tomar en serio la
afirmación de esta fuente. La primera, era la condición de admirador acérrimo y
experto en Daniel Santos que ostentaba mi amigo. La segunda, su propia vida
dedicada al alcohol y a la noche. De hecho, hace algún tiempo que perdí su
rastro y no sería de extrañar que la noche hubiera acabado tragándoselo. El
rumor de su muerte debido a una predecible cirrosis hepática se ha venido fortaleciendo en la medida en que
pasan los años y su figura ha dejado de hacerse presente en aquellos lugares
donde solía hundir su alma en el pozo sin fondo de los placeres etílicos. De
manera que siempre mantuve como fidedigna esa referencia hasta el punto de
convertirla en una verdad irrebatible: Daniel Santos era parte indisoluble de
la vida nocturna de la Baralt ,
o, mejor dicho, la reputación de la
Baralt ostentaba el nombre de Daniel Santos.
Ahora
los amigos de En Caracas me piden que escriba algo sobre la Avenida Baralt y la
oportunidad de corroborar, finalmente, las aseveraciones de mi amigo se
concreta con la lapidaria condición de
una fecha de entrega. Insisto, nunca antes había iniciado una exploración sobre
arenas tan movedizas como los fugaces comentarios de un alcohólico putañero y
bohemio, y, sin embargo, nunca había sido tan coherente la condición de la
fuente con respecto al hecho investigado.
En el Juego de la vida
En
pesquisas previas había recogido algunas informaciones que, unas más sólidas
que otras, parecían indicar un camino más o menos certero hacia la
consolidación de la hipótesis. La primera presentación de Daniel Santos en
Venezuela ocurrió en los carnavales de 1950. En esos tiempos se dejó acompañar
por la orquesta de Aldemaro Romero en los predios del Casablanca Tennis Club
(ubicado donde actualmente se encuentra la hermandad Gallega) y con apariciones
en los estudios de Radio Caracas y su programa en vivo Fiesta Fabulosa.
Posteriormente volvería a Venezuela con tal frecuencia que muchos llegaron a
pensar que de por sí estaba radicado en el país. Se le vio en locales como
Barnum’s, Le Garage –cerca de la Plaza Venezuela- , Bonaire y El Cimarrón, ubicado
en la Torre Sur
del Centro Simón Bolívar, en el cual fue acompañado por la Sonora Caracas.
Por otro lado es sabido que las últimas actuaciones públicas notorias del
“Jefe” en Caracas fueron en la famosa boite de Bello Monte llamada Hawai
Kai, muy bien acompañado por Coco y su
Sabor Matancero. Estamos hablando de los primeros años de la década del
ochenta. Sus otros refugios eran El Ánfora de Oro, el Roca Negra en Caricuao y la Discoteca La Pelota,
propiedad del receptor de Los Tiburones de La Guaira , Paul Casanova. Un día de mayo de 1982
anunció su retiro del escenario y a partir de ese momento nada más se volvió a
saber de él en las publicaciones periódicas del país.
Señora del Pecado
Los
diez años que transcurrieron entre el anuncio de su retiro artístico y su
definitivo retiro vital, acaecido nada mas y nada menos que el 27 de noviembre
de 1992 -ese día, muy cerca de
Con
estos datos en la mano salí a recorrer la Baralt sin saber, a ciencia cierta, que era lo
que realmente estaba buscando. Necesitaba entrar en aquellos santuarios para
adivinar su presencia, a sabiendas que la mayoría había sufrido las
transformaciones del tiempo, el cambio de dueño e imagen y hasta de percepción.
Los ojos del momento en que vivimos están demasiado curados de espantos morales
como para advertir el sobresalto de un alma pecadora. Pero vayamos por parte.
Muchos
de estos locales han sido convertidos en la actualidad en centros hípicos. En
ellos, la huella del anacobero ha quedado borrada definitivamente, aunque, por
ejemplo, Mr. Bar, ubicado entre Llaguno
y Piñango, aún conserva la decoración setentosa de un digno botiquín de
ficheras –espejos por todos lados enmarcados en largos tubos de neón rojos,
azules y morados- enlodado con la excesiva iluminación que se le agregó para
los fines del juego de apuestas. También hay otro, el Gioconda, donde al final
de la jornada hípica, las chicas que recogen las apuestas realizan “quiebres de
cintura“ y uno que otro desnudo. Sin embargo, el palacio del Strip tease es el
Lobito Class en la esquina de Piñango. Aquí hubiera estado a gusto nuestro
hombre, aunque la rockola del lugar no contiene ni un solo bolero. El Hotel
Lider, cerca del mercado de Quinta Crespo, ofrece espectáculos musicales en
vivo, pero es demasiado sofisticado para la imagen que resguardamos del Jefe.
Al lado del Hotel Edén hay una tasca donde, en el mejor estilo “ambiente
familiar“ una morena que hubiera deleitado a Agustín Lara canta cosas de Olga
Tañón mientras trata de controlar a su
pequeña e incansable hija. El ambiente del bar del Hotel Madison, en la esquina
de Truco, resulta aun mas propicio para el espíritu bohemio del cantante y su
rockola es de un estilo más tradicional en su aspecto exterior. La Tasca Carracedo
posee un ambiente de botiquín dominocero y su rockola ofrece una variedad de
música colombiana, llanera y mexicana de la actual, nada que ver con Javier
Solís. Mejor dotado para perderse en la noche, es el bar Mi Rinconcito,
adentrándose por la esquina de Truco en
dirección al Ministerio de Educación. Basta con ver el desempeño de las
vírgenes de medianoche que laboran allí, el roce de cuerpos sudados y
extasiados al compás de un vallenato y aquella saturación de alcohol y
cigarrillo para concluir que mi amigo tenía razón y que, si bien es cierto que
hoy no he visto a Linda, también lo es que Daniel Santos, como Dios, en la
avenida Baralt está en todas partes.

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