Era
viernes. Bajaba por el Boulevard Panteón en dirección a la estación de metro de
Capitolio. De pronto, desde una de las ventas informales de discos digitales de
video, la voz particular de Daniel Santos me obligó a acercarme. Allí, en un
televisor de 15 pulgadas ,
estaba él. Probablemente se trataba de la última presentación del Inquieto
Anacobero en un maratónico programa sabatino. Inexpresivo, arreglado y peinado como si se tratara de su propio
funeral, el Jefe permanecía sentado en una silla bastante vulgar, sosteniendo
el micrófono de esa forma tan personal, como atrapándolo, evitando cualquier
intento de huida. Ahora el micrófono semejaba una prótesis, o más bien un
adminículo especial para una mano paralizada por alguna apoplejía. Tras él, el
conjunto. Estoy casi seguro que se trataba de Coco y su Sabor Matancero, pero
no me crean. Cantaba sus éxitos de siempre: Perdón, Despedida, etc. Las
canciones que habrá cantado un millar de veces y, sin embargo, allí estaba un atril frente a sus ojos
aumentados exageradamente por los vidrios de un par de anteojos distintos a
aquellos a los que nos tuvo acostumbrados. Un atril con un papel pentagramado
mostrándose a la cámara –sin duda una solución elegante del productor-
escondiendo las hojas mecanografiadas con las letras de sus glorias idas. Se
calaba, desafinaba y nunca antes aquella sentencia de José Ignacio Cabrujas –La
resignación, el peor invento que nos ha legado el cristianismo- estuvo mejor representada. Casualmente, por esos días se cumplían 13 años de su
muerte, y por suerte el DVD no se limitaba a mostrar las ruinas del Partenón
sino que también aparecía una generosa intervención del cantante en otra
emisión del programa de marras, unos años atrás, parado, despeinado, dirigiendo
a la misma agrupación y ataviado con un singular paltó rojo. La tarde, allí,
frente al televisor, prometía lo suyo –era viernes- así que continué
adentrándome en el casco colonial. Al llegar a la Plaza Bolívar me sorprendieron
otros sonidos, tan familiares como los del admirado boricua. El Sonero Clásico
del Caribe, ubicado en la glorieta de la retreta, liberaba el espíritu de
Carmelina mientras una docena de parejas tan antiguas como el legendario
tresero Alacrán, se esmeraba en el difícil arte de la pulitura de hebilla y fue
automático recordar aquel año 1978 en La Habana , con los lugareños jurando y perjurando
que aquellos pastoreños tenían que ser cubanos. Apenas abandoné la plaza
reconocí otras sonoridades que surgían desde una tarima instalada en la esquina
de Padre Sierra. Un pasodoble de Lorenzo Herrera, interpretado por uno de los
Espinoza –miembro fundador de la agrupación- nos colocaba frente a los Antaños
del Stadium. Era viernes y era como la culminación perfecta para un paréntesis,
una ruptura de la feroz cotidianidad, una posibilidad de echar un vistazo a
otra ciudad, anhelada, humanizada, digna de nuestros adultos mayores. Un
brindis para Daniel.
09 de diciembre de 2005
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