Lo que publicaré a continuación fue la última columna oficial de las Instantánea en el semanario En Caracas. Debido a que el mismo dejó de existir posteriormente. Al parecer, a los potenciales patrocinantes de este proyecto es decir, las empresas privadas que aún juran apostar por el país, su identidad, su idiosincrasia, sus valores etc. les molestó el hecho de que la publicación no estuviera claramente identificada con sus inclinaciones políticas ( en otras palabras, un medio dónde se planteara el amor a la ciudad desde la diversidad no es rentable). Y así murió una posibilidad maravillosa de debatir sobre la ciudad. Más terrible aún es que, a pesar de estas asfixias aún se siga pregonando, incluso llevando las voces a otras fronteras, que los intransigentes somos los que apostamos por este proyecto de país liderado por el comandante Chavez. !Fin de mundo mijito!
Se registran, se ubican, se
identifican territorios, El centro, por ejemplo, con su vida multitemporal,
donde Cayetano Carreño se codea con La Gasolina. Donde
el vendedor de dulces criollos se instala al lado del buhonero que puede darse
el lujo de esperar a su clientela con la única preocupación de cambiar, cada cierto tiempo, las baterías del megáfono con voz incorporada que ahora ejerce
el oficio de pregonero “Todo a mil, todo a mil, todo lo que quiera a mil
bolívares”. Se registran las imágenes instantáneas entre miles de látidos.
Imágenes conmovedoramente cursis como la del joven sentado en esa especie de
mojón de concreto que nada mide, nada separa y es extremadamente incómodo para
sostener cualquier tipo de nalga; esos “turrumutos”, como los bautizara mi
madre, ubicados en todas las peatonales de la ciudad y cuya función nunca he
terminado de entender. En el joven se percibe la impaciencia de una cita que no
termina de concretarse. Por el movimiento de su cabeza puede deducirse que la
chica de su encuentro lleva al menos media hora de retardo. Él sabe que va a
surgir de un momento a otro de la boca del metro y sin embargo se sienta dando
la espalda a ésta, como queriendo dejarse sorprender, o haciéndose el
desentendido, el despreocupado. Imágenes de película como la de la pandilla de
mujeres que, en un instante rodean a su victima y la despojan de todo en medio
de ese zoco marroquí en el cual se ha convertido la adyacencia de La Hoyada; frente a todo el
mundo, a plena luz del día y con una agilidad ninja digna de un tigre y un
dragón y sin necesidad de efectos especiales. Imágenes devastadoras como la del
niño que recoge del piso un casquillo de bala y se emociona e imagina haber
encontrado parte del tesoro perdido del Perla Negra. Imágenes hilarantes y
grotescas como la de la loca de la esquina de Maturín conversando placidamente
con dos vecinos “normales” y explicándoles que no carga la dentadura postiza
porque pasó toda la noche practicando el viejo arte del sexo oral y todavía le
duelen las mandíbulas. Lo sorprendente es la actitud de absoluta normalidad que
mantiene el par de normales contertulios –inmigrantes, tropicalizados, él como
de sesenta años y ella algo menor- mientras siguen los pormenores de tan
truculenta historia. Instantáneas como la del emulador de Alí Kahn, encargado
de narrar, micrófono en mano, las carreras que se exhiben en flamante pantalla gigante de un Centro Hípico de la Avenida Baralt. El tipo terminó
siendo el mismo que, una mañana no muy lejana, se acercó al Archivo Audiovisual
de la Biblioteca Nacional,
buscando grabaciones de carreras históricas –como la triple corona del
legendario Cañonero- porque estaba haciendo un curso de locución y quería
dedicarse a la narración hípica. Y muchas otras imágenes que quisiera absorber
para recrearlas en este espacio generoso, instantáneo y, a la vez, perdurable.
Perdurable, si. Porque es el espacio del registro. En Caracas.
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