Doppelgänger


El tema del doble siempre ha dado pie para elucubraciones. El Lied de Schubert cuyo título original aprovechamos para encabezar esta columna, es, sin duda alguna, uno de los más profundos en cuanto a reflexión filosófica a partir de la estrecha relación que se construye desde la poesía original hasta el tratamiento musical que lo engrandece y lo ubica en la justa dimensión de las ansiedades originarias. La idea del desdoblamiento y todas sus variantes producen un sin fin de cautivaciones porque asoma esa tentadora posibilidad de realizar acciones –o al menos de atribuírselas- sin consecuencias personales. Acciones para cuya realización uno se puede sentir incapaz por motivos que se desplazan desde el ámbito de lo moral hasta el de la falta de atrevimiento. En ese sentido es condición sine qua non que el doble deambule por la ciudad sin tener la menor idea de su naturaleza. Se descarta, de entrada,  al imitador. De manera que queda excluido de esta crónica el doble del Che quien, junto a Lina Ron y su gente, realiza su vigilia militante en los alrededores de la Plaza Andrés Eloy Blanco, al lado de la Santa Capilla. Este personaje no es más que un número atractivo de un show, como el magnífico doble de Carlos Gardel que se puede apreciar en  un local de tangos del tradicional barrio de Abasto, allá en Buenos Aires. Por el contrario, en la categoría que reseñamos se encuentra, perfectamente a gusto, el doble de Tony Montserrat, de quién ya hablamos -unas cuarenta entregas atrás- y que funge de portero en Mi Linda Llanura, local aledaño a la Asamblea Nacional. En ese caso, claro, nos imaginamos a Montserrat, como el alter ego desfachatado –y quien conozca al personaje reseñado entenderá la verdadera dimensión de este epíteto- capaz de encaramarse una boa de plumas de plástico y unos gigantescos lentes de juguete para, cada sábado, abrir el sempiterno programa de atracciones televisivas con la versión merengue de la Pantera Rosa. El desenvolvimiento del portero por poco se equipara al del showman de manera tal que,  en este caso, casi podríamos hablar de simetrías más que de caras opuestas de una moneda. Un caso más discreto es el del doble de Eduardo Liendo, que subió la otra mañana al por puesto de mis traslados. Nada tendría de extraño -ya que el escritor de marras es, de por sí, peatón furibundo- si no fuera por aquellos audífonos, conectados a un Walkman, que protegían sus orejas. Conozco de buena fuente la pasión musical de Liendo pero se me dificulta encontrarlo con un aparato portátil de tales características en plena avenida Baralt. He allí el atrevimiento del doble. Para terminar, un caso patético: El doble de Ivo, rematando caballos en un centro hípico del Boulevard Panteón. Graciosa la imagen hasta el momento de corroborar que, efectivamente, se trata del propio Ivo. Y su doble ¿Acaso estará cantando en algún evento de la nostalgia?
02 de diciembre de 2005

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