Otro escenario superado hace un par de años por las buenas gestiones del gobierno del Distrito Capital y la Alcaldía Bolivariana de Libertador
Ernesto Magliano fue un
napolitano que llegó a Venezuela en 1935 después de una pasantía por Perú,
Argentina y Chile. El tercio era músico y lo cierto del asunto es que terminó
escribiendo unos cuantos clásicos de la música popular venezolana. Un ejemplo perfecto
para enriquecer la sana discusión en torno al concepto de música tradicional
que ha despertado la Ley
de Responsabilidad Social en Radio y Televisión. Pero de eso no se trata esta
crónica. Este señor escribió, entre muchas cosas sabrosas, merengues. Si, merengues. Caraqueños y
rucaneaos. Por cierto, lo de Magliano no se quedó en composiciones sino que además,
el musiú terminó editando el primer diccionario de músicos académicos
(incluyendo instrumentistas) de nuestro país. Uno de esos merengues, trataba un
tema que, en definitiva, nos va llevando al meollo de esta columna: la Ley de Vagos y Maleantes. Al
parecer, la ley, apenas promulgada en 1939 y endurecida en 1942 -el año de
composición de la pieza- resultaba un verdadero dolor de cabeza, sobre todo si
se era parrandero y picaflor –pero también conspirador- ya que, cualquier
persona que se encontrara en la calle a altas horas de la noche sin una
justificación moralmente aceptable, era susceptible de terminar engrosando el
calabozo municipal. “Juan déjate de parranda, ni te rasques de aguardiente, que
si armas zaperoco, p’al rastrillo vas caliente, ya no valen las protestas, por
la flamante ley, escucha misa, toma guarapo, chupa tu mamey” sermoneaba con
evidente tono de lamento el merengue de Magliano. No sé por qué pero tal
reliquia –el merengue, no la ley- ha vuelto a mi memoria a raíz de lo que, si
no fuera por su carácter cíclico, pareciera ser el resultado de una lectura
rápida y eficiente que hiciera el alcalde Bernal de ese libro tan de moda en
las calles del centro titulado “Como mandar a la gente al carajo en 10
lecciones fáciles” y que tuvo su punto culminante en el madrugonazo que le
dieron a ciertos “trabajadores informales” de La Hoyada. Cíclico
dije, aunque desconozco el origen de este rito prenavideño que consiste en
asaltar, cual Escuadrón San Nicolás, los puntos de resguardo de toldos y
tenderetes, enfrentar luego a quienes la vista gorda ha premiado con el derecho
a creerse los dueños de la calle, para luego culminar prometiendo que el año
que viene si se va a lograr un acuerdo y todos seremos felices y los peatones
transitaremos libres y protegidos. Un rito que se nos antoja tan tradicional
como las derrotas decembrinas del Magallanes y las pruebas del fraude de la
oposición. Propongo entonces agregar un elemento al rito. Ya que el 31 de
diciembre se acostumbra a dar un abrazo y exclamar ¡Feliz año! ¿Por qué no
sugerirle a los cuerpos encargados de desmantelar que, una vez hecha la tarea,
se despidan del sorprendido con la frase “Chupa tu mamey”? ¿No sería tierno?
26 de noviembre de 2005
Comentarios
Publicar un comentario