Nada


Hay días en los que el asombro pareciera estar suspendido hasta nuevo aviso. Días que transcurren como una pesadilla de Woody Allen – esa en la que él se encuentra confinado a un vagón de tren donde todo es  disciplinadamente lúgubre, mientras, en el tren del andén contiguo, se perpetra una rumba que hace salivar hasta al más suizo de los espectadores- sin posibilidades de trasbordo. Días donde los acontecimientos deciden instalarse, en su pleno desarrollo, en la acera de enfrente, en la otra cuadra, en el lado opuesto de la rutina. Días de una calma que bien pudiera semejar el ojo del huracán. Y no es reclamo. Tampoco se trata de una necesidad de estar permanentemente dentro del huracán. Es, más bien, como una sensación de sala de espera sin saber que hacer para cumplir con la encomienda de registrar el obligado milagro semanal que exigen de este humilde cronista los coordinadores de la publicación donde ha de aparecer su crónica, por cierto,  con puntualidad religiosa. Días como éste que trato de reseñar, desde la comodidad del hogar, whisky en mano y varios mensajes urgentes de la Redacción salpicando el buzón de entrada del celular y el correo electrónico. Un día donde el centro de la ciudad ha decidido portarse bien mientras las travesuras son protagonizadas desde la periferia. Donde la calle transpira un tráfico normal mientras la corriente de peatones fluye sin contratiempo. Un día como para llegar puntual al trabajo e iniciar las actividades sin comentarios matutinos ni sobresaltos catárticos. Los policías vigilan, los buhoneros ofrecen, los comensales comen, los empleados trabajan. Algo pasó en otro lado y de eso no se supo nada hasta las horas del resguardo. Bombas explotaron, gente habló, velas soplaron y hasta canciones cantaron, en la distancia y, casi sin exagerar, en la lejanía. En el centro ni siquiera llovió. Finaliza el día con una imagen inquietante. Una nube que parece haber salido de alguna casa de San José inicia su recorrido hacia las alturas del Guaraira Repano La nube, semejando una gigantesca oruga blanca, trepa sin prisa como un visitante más, confundido entre la multitud de seguidores de Penzini Fleury  que cada tarde invaden, cortejan, parasitan el hermoso Parque Nacional que vigila la ciudad en actitud sabia y paternal. Lanzo un último vistazo antes de adentrarme a la cota mil y encontrar, a unos pocos metros, la cola terca e infinita que retrasará, una vez más, la culminación definitiva de una jornada sin novedad.
18 de noviembre de 2005

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