Crónica de un triunfo que movió la fibra de muchos venezolanos. Lástima que después de eso, y no precisamente en el terreno de juego, Oswaldo Guillén no haya sabido de gallardías y orgullos permitiendo que lo humillen y le dicten lo que ha de ser su conciencia por un puñado de dólares. Aunque también ayudó, no necesariamente a propósito, a quitar la careta democrática del país más autoritario del mundo, el cual sigue pretendiendo dar lecciones de libertad de expresión a fuerza de bombas, invasiones y, claro, medios de desinformación.
El
microbús de la línea que va de El Paraíso hasta San Bernardino recoge a este
pasajero en la avenida Baralt a la altura del Metro-Center. A pesar de que hay
algunos asientos libres en la parte trasera, en el pasillo, justo a la mitad
del corredor, se encuentra un hombre de pie con la mirada absorta en un punto
que no acabo de vislumbrar dada la incomodidad de tener que caminar hasta la
parte trasera, mejor conocida como la cocina, con maletín, suéter y paraguas
repartidos entre las dos manos y con el vehículo, ya andando, dispuesto a no perdonar ni uno solo de los
huecos de la avenida. Dentro del transporte hay un ambiente de fiesta acentuado
por la decoración fortuita que ofrecen los diversos ejemplares de Meridiano
distribuidos a lo largo del autobús. Una pareja de adultos mayores comenta la
hazaña de Guillén mientras discuten en torno al sitio exacto donde deben
bajarse para llegar al Seguro Social. Mientras tanto una cantidad de nuevos
usuarios entra a la unidad. Algunos de ellos, las mujeres, se van hacia la
parte trasera. Solo un par de hombres se queda rezagado justo en el sitio dónde
se encuentra el oficinista de mirada absorta. De cada asiento vuelan frases que
tienen que ver con el noveno inning, las siete entradas de Freddy García, las
caras de Oswaldo y ese “Viva Venezuela” gimoteado que a más de uno le puso la
carne de gallina. Entran más pasajeros y el chofer pega el grito obligado “Para
atrás por favor”, pero este trío de señores defiende su posición cual tercera
base de los Medias Blancas de Chicago. También sale a relucir, como un mango
bajito, el asunto de la pava de Chávez y
que el empavado era George Bush Senior cuyo equipo no pudo con la idiosincrasia
criolla. El tráfico está más lento que de costumbre y alguien alcanza a decir
algo respecto a una manifestación en el Tribunal Supremo de Justicia a la
espera de una sentencia en torno al tema de las morochas. Sin embargo nadie se
queja porque en ese momento casi todo el autobús esta reviviendo otro tiempo,
otra hora, casi otro día. “Imagínate”, dice la secretaria a mi lado, “yo que
cambio de canal cada vez que ponen el Himno Nacional, anoche me lo cale
completico de puro orgullo que me daba, muchacho”. El microbús vuelve a
vaciarse a la altura del Tribunal Supremo y aquellos tres continúan como si
nada. Al cruzar la esquina del Hospital
Vargas me levanto para acercarme a la puerta. Nuevamente hago maromas para
pasar entre los tres alegres compadres con mis manos ocupadas y en pleno giro
del vehículo buscando la avenida Panteón. A pesar de todo logro dirigir la
mirada hacia la de aquellos tres y encuentro, en el asiento que parecen
custodiar, a una mujer cuya hermosura, demasiado exuberante para una mañana, un
autobús y la avenida Baralt, bien merece una Serie Mundial. Los tres también lo
estaban celebrando.
04 de noviembre de 2005
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