Conversandito


Cheo Carvajal nos contagia el sentido vouyerista del viajero diario y caemos en la tentación de reproducir una escena matutina. Dos jóvenes con claros rasgos de ucevistas, libros en mano y recién bañadas, inician un diálogo a la espera del metro en la estación de Capitolio. Por el contenido de su conversación puede inferirse que una estudia derecho y la otra medicina. Por la edad que aparentan imaginamos que están en los primeros semestres. Hablan con el desparpajo de la juventud. El diálogo transcurre dejando que fluya una cotidianidad que contrasta brutalmente con el tema de la conversación, como si se tratara de una crónica sobre fines de semana, playas o novios. Una le dice a la otra “Ayer estuve en la cárcel de mujeres de Los Teques”, la otra responde “Fíjate, y la semana pasada visitamos la morgue del clínico”. El diálogo continúa aislado del río de gente que baja por la escalera y se amontona en el andén en actitud de fabricar un día martes que se les parezca aunque sea para no intervenir sustancialmente con la rutina: “Mientras caminaba por el pasillo las presas le gritaban a mi escolta: Te pago lo que quieras si me la dejas por cinco minutos.  La que más gritaba era una holandesa que atraparon en el aeropuerto con veinticinco kilos de cocaína, o algo así. Le metieron ocho años”, y la otra “El olor a formol te aturde pero no deja de impresionarte cuando le abren el pecho a un cadáver separando el costillar como si se tratara de un pollo, ¡chama que horrible!”. Cuatro trenes llegando casi sin pausa en la dirección contraria  pronostican un descontrol cuyas razones solo alimentan la mente de los usuarios ya que el altoparlante decide mantener un silencio lapidario. Lo que menos parece preocupar a las  universitarias es este percance. La capacidad de abstraerse del entorno permite que el diálogo fluya  como si se estuviera ante una obra de teatro cuyos personajes desnudan sus oscuridades mientras toman el té en la casi soleada campiña inglesa. La sensación de puesta en escena contribuye al fisgón en su tarea, porque de pronto deja de importarle el retraso del tren, la estación atestada y el calor insoportable que parece salir de las entrañas de la tierra. La vida, sentenciada desde la ligereza, acaba convertida en materia cuyo tiempo de descomposición también lo signa la violencia:  “Horrible es el olor de un cadáver abaleado, porque parece que el plomo acelera la putrefacción, eso me lo dijo el abogado una vez que lo acompañé a la morgue de Bello Monte en una comisión del Cuerpo Técnico y de verdad que no se aguantaba la hedentina” “Bueno, por suerte en mi morgue no hay abaleados. Todos mueren de muerte natural, ¿no ves que son cadáveres donados a la ciencia?”. Llega el tren. El fisgón no se atreve a embarcar el mismo vagón de las urracas parlanchinas previendo cualquier futura pesadilla.
28 de octubre de 2005

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