Hace
unas semanas, en esta publicación, leí un artículo sobre la fauna que convive en
las olorosas aguas del río Guaire. Allí se nos recordaba la presencia de
garcitas corocoras en sus orillas. Si bien es cierto que la existencia de las
mismas, tal como lo aclara el artículo, es el producto de una fuga masiva, no
deja de sorprender su capacidad de supervivencia y poder de adaptación a un
hábitat tan hostil. La condición de espacio con alta concentración de población
del Valle de Caracas no ha sido nunca obstáculo para que, gracias a su clima y
a su caos particular, pueda surgir un caimán del cauce del río o pueda
permanecer un tigre oculto hasta la leyenda en las tupidas colinas de El
Paraíso. El centro de Caracas ha sido también escenario de esas apariciones
furtivas dignas de National Geographic. Para
muestra un botón. En los años noventa la nueva sede de la Biblioteca Nacional ,
recibió la visita de un mono ¿araguato? que tuvo el orgullo de pasearse por
salas de usuarios y depósitos de colecciones con un desparpajo bastante
impropio para el santuario de la memoria y el conocimiento. La aparición del
primate no hubiera causado mayor molestia de no ser porque, justamente ese día,
se encontraba el Alcalde de Caracas inspeccionando los nuevos espacios de la
biblioteca. Como el alcalde de marras no era otro sino Aristóbulo Istúriz, la
situación se tornó embarazosa por la posibilidad de que se diera pie a
cualquier chistecillo de tinte racista en torno al encuentro casual de ambos
visitantes y hubo quién llegó a afirmar que el alto funcionario había salido
bastante molesto del lugar acusando a sus opositores de haber depositado al
simio en el recinto con la sola intención de fastidiarle el día. En la
actualidad, todos los trabajadores y asiduos de la misma institución han estado
pendientes de, lo que a todas luces, parecía ser otra singular aparición
silvestre. Al menos los chillidos que se escuchan desde todos los rincones del
enorme Foro Libertador han obligado a más de un ornitólogo improvisado a fijar
su mirada en la claraboya que cubre su pasillo techado para ubicar aquel
autóctono gavilán pico amarillo, gavilán pico rosado causante de tanto
sobresalto. Desolados, los curiosos no han podido dar con el animal. La
explicación del fenómeno no tiene nada que ver con peregrinajes campesinos
hacia la gran ciudad, ni mucho menos con asuntos sobrenaturales –también
válidos dada la cantidad de ánimas que, se sabe, deambulan por las
colecciones- sino con innovadores artefactos inventados para
ahuyentar las palomas que, día a día, ensucian dicho pasillo convirtiéndose en
un verdadero dolor de cabeza para el personal de mantenimiento de la institución.
Un Ciber-Gavilán que parece haberse convertido en el oscuro objeto del deseo de
las palomas, ya que, lejos de huir, se
les puede ver intentando llegar a él con intenciones que solo ellas conocen.
23 de septiembre de 2005
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