La galería de la Biblioteca Nacional que para la época de publicación de esta crónica era, efectivamente, guarida de consumidores de piedra y atracadores, fue recuperada por la actual gestión de esa institución. Ahora funciona allí un Café Venezuela donde convergen usuarios y funcionarios de la biblioteca y las instituciones adyacentes. Próximamente abrirá allí sus puertas una Librería del Sur y se programarán actividades culturales en concordancia con las políticas del Vivir Bien.
El
artefacto instalado en la estructura que protege el techo de vidrio de ese
pasillo llamado “Galería” en el complejo cultural Foro Libertador, emite un
chillido punzo-penetrante capaz de
helarle la sangre al más guapo. La combinación de frecuencia e intensidad
contribuye a que el sonido se propague con tal eficacia que puede ser captado
por el erudito que palpa y estudia una hoja del pequeño libro alemán, fechado
en 1806, y que, con letras góticas, y a manera de novela de aventuras, describe
aspectos de la vida de Francisco de Miranda convertido en héroe legendario y
universal. Ante el hecho de percibir un sonido que para nada calza con el
ambiente que lo rodea, el sabio aparta por un breve momento la vista del
singular folleto y la apunta hacia los ventanales, más allá de la sala de
lectura de la colección de libros raros, en dirección al techo, pero solo
alcanza a atisbar un par de palomas revoloteando en forma desordenada. También
la joven curadora que concentra todos sus esfuerzos para escuchar la voz de
Luís Felipe Ramón y Rivera atrapada en una cinta de reel y reproducida en un
prehistórico magnetófono, marca UHER, detiene el discurso autobiográfico ante
el impulso de localizar al ave capaz de invadir tan contundentemente el espacio
destinado a la palabra resguardada, a las voces de otros tiempos. Desde el
mesón de audicionado del tercer piso cree, apenas por un par de segundos, que
ha dado con el animal, pero éste, por obra y gracia del sentido de realidad, se
transforma ante sus ojos en la inocente
tortolita que nunca dejó de ser. Por las ventanas del cuarto piso se asoman los
responsables de vencer al tiempo en singular batalla preservando las imágenes
de las más viejas películas. Apenas unos minutos antes, reconstruían, hasta
donde el implacable Cronos se los había permitido, la casi totalidad del film
“Don Leandro el Inefable”, de 1919, cuya condición de silente –aunque en algún
lugar del mundo se encuentre la partitura que, para los efectos, debió escribir
Pedro Elías Gutiérrez- colaboró para que el graznido solapara la monótona
melodía de la cinta desplazándose por la moviola. Desde allí, tan cerca de ese
cielo inmediato que es la claraboya, los guardianes del cine pueden hacer un
paneo pormenorizado de las alturas. Pero la vista no deja de ser muy diferente
a la apreciada desde los pisos inferiores: pequeños grupos de palomas que se
conducen con una aparente indiferencia ante el grito amenazador del posible
depredador. Contrario a lo que ocurre dentro de las instalaciones, nadie, en
ese espacio dónde fue ubicado, parece prestarle la mayor atención al gavilán
virtual; ni las palomas que debería ahuyentar, ni los rateros que, allá abajo,
siguen esperando escondidos en los rincones, por algún distraído usuario de la Biblioteca Nacional
que aún no se haya enterado que esa hermosa galería no es transitable.
30 de septiembre de 2005
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