La muerte al doblar la esquina


Hoy en día los adultos mayores en la República Bolivariana de Venezuela gozan de pensión, incluso sin haber cotizado. Y con la Misión en Amor Mayor, estos creadores, artistas de la música, el teatro, la danza, el circo, la artesanía y cualquier otra expresión de nuestras culturas populares irán paulatinamente gozando de los beneficios de nuestro sistema de seguridad social

El anciano, ataviado con la sencillez del jornalero, delimita el escenario por medio de dos latas vacías de leche donde espera que los espectadores depositen sus donativos una vez culminado el show. Luego empieza a armar el dispositivo desde el cual piensa realizar su acto. Con materiales de reciclaje, entre los que se encuentran latas de pintura de diversos tamaños, trozos de madera y un cascarón vacío de pantalla de computadora que servirá de base para el equipo, va levantando una especie de monumento al equilibrio “entre el espanto y la ternura”. Mientras tanto, el círculo de su público se va engrosando cada vez más con curiosos atraídos por la posibilidad de un acto circense de la tercera edad. El anciano, que acaba de arreglar el escenario, saca, como único elemento que distingue al artista del pobre ropavejero, un vaso de MacDonald del que ha sujetado una banda elástica y se lo coloca como un mal remedo de aquellos sombreros que ostentaban los clásicos clowns franceses. Luego se acerca a las latas de leche y recoge el par de monedas y billetes, que ya ha empezado a depositar la audiencia, para guardarlos en el koala que atraviesa su pecho como la canana de Emiliano Zapata. El asunto empieza a parecer una obra cuyo tema central gira en torno a la muerte, o, al menos a su inminencia. Por medio de diversas argucias, el anciano va dilatando el momento de su acto, recogiendo monedas, alejando las maderas y latas que sobraron, realizando una suerte de pantomima militar y gastando bromas dirigidas al público infantil, antes de empezar a subir al dispositivo desde donde retará a la gravedad, al paso de los años, al miedo al ridículo, a la soledad, al abandono, la indefensión y, finalmente, a la muerte. Una gavera vacía le sirve de escalón para ascender a la humilde altura desde la cual, una vez cerciorado de la estabilidad del dispositivo –y para eso volvió a descender y colocó un par de monedas bajo el carapacho de monitor- suelta un singular llanto de bebé mezclado con algo de Pato Donald que arranca la risa nerviosa de los transeúntes. El tope del dispositivo consta de una pequeña tabla en equilibrio sobre una pequeña lata de pintura. En esa tablilla apoya las dos manos y luego de un impulso queda en el aire sostenido sobre sus manos. Sin tiempo para el aplauso, el anciano deja libre una de sus manos y la levanta alcanzando el punto culminante del acto. Por un par de segundos el viejo se transforma en vencedor aunque en el fondo nunca lo abandona la noción de dignidad que, tal vez, estuviera mejor representada por una buena pensión de vejez. Inmediatamente después vuelve a  incorporarse a la tierra y sus piernas dan la sensación de ser menos estables que sus brazos. La muerte, una vez más, se aleja doblando la esquina.
21 de octubre de 2005

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