La
felicidad no es el resultado de una suma de felices coincidencias. Tal vez la
razón de esto radique en el hecho de que el ser humano esta destinado a ser un
animal insatisfecho. Hay quienes dicen
que Dios le da pan al que no tiene dientes como una manera de metaforizar una
acción impenetrable como lo es la
tristeza ajena. Estar un 31 de diciembre rodeado de los seres queridos, con
salud, trabajo y un par de botellas de la Vueve Cliquot no garantiza el
ahorro de lágrimas y bajones momentáneos que segrega la última campanada. Los
ricos también lloran, aunque, claro, tienen la ventaja de contar con quien les
sostenga el pañuelo entre moco y moco. Lanzamos este inventario de lugares
comunes porque hay imágenes que, de tan desoladoras, obligan a suavizarlas con
una ración de, llamémosle, resignación intelectual. Y, tal vez, de eso se
trata, porque de lo contrario resultaría muy pesado vivir con ese recuerdo. Un
recuerdo que empieza con todos los factores apostando a la felicidad. A saber,
un día viernes, fin de quincena, el sol brillando de puro terco porque las
nubes llenas de lluvia ya no aguantan más y protestan con truenos, rayos y
centellas desde una sala de espera que se pierde tras el Ávila. Un ambiente de
celebración ritual, entre la obligación, la tradición y el disfrute. Un
jolgorio comercial de flores, chocolates, sugerencias del chef con la botella
del vino adecuado y entradas agotadas
para el disfrute de lechos para el amor fortuito. Una tarde sin memoranda, ni
atenciones telefónicas, ni papeles que archivar, que se extiende hasta la noche
por merecimiento, o simplemente porque es viernes. Y sin embargo. Tanta
algarabía termina evidenciando el artificio y por eso, a medida que culmina el
día, a medida que se acerca el retorno a la inclasificable cotidianidad, ocurre
que la suma de las partes acaba deshaciéndose en un abrir y cerrar de ojos y
esa sobreentendida felicidad se convierte en la imagen perfecta de la
desolación. Un vagón del metro en la estación Capitolio. Uno de los últimos
trenes antes de cerrar operaciones. Alguno que otro borracho demostrando la
flexibilidad etílica entre el sueño y el afán de más rumba, alternando con
parejas que van o vienen. En un rincón, ella. Vestida con sus mejores trapos, aunque
a esa hora ya no impresionan a nadie. Mostrando su rostro algún vestigio
insignificante de maquillaje y falsificando cierta firmeza aprendida en la
manera como sus manos sostienen las cuatro rosas sujetadas con un lazo y el
horrible presente de porcelana barata con la tarjeta aún adherida, escrita en
computadora y, tal vez, firmada por el dueño de la empresa. La cara
desencajada, los ojos mirando un infinito parecido al llanto y una certeza en
su cuerpo tan contundente como el fin del mundo. Como la frase que solo parece
pertenecer a ese ser, ese día y a esa hora: ¿Qué será de mi vida ahora que
acabó el día de la secretaria?
07 de octubre de 2005
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