Crónica de los tiempos cuando se empezaba a desalojar a los buhoneros del centro de Caracas para recuperarlo para la ciudadanía. Hoy en día es un hecho celebrado por todos los que amamos esta ciudad
Es sabido que los animales pueden
percibir el peligro provocado por algún fenómeno atmosférico de envergadura
gracias a su fino oído. Bastante gastada ha sido la imagen cinematográfica de
pájaros huyendo del bosque y perros nerviosos dando vueltas con desesperación
intentando salir de las cuatros paredes donde los tienen confinados sus amos,
quienes, por cierto, serán los últimos en entender que ya la ola gigante está
llegando a la costa o que la tierra está a punto de explotar en una rabieta cuya
intensidad sólo puede ser medida en grados Richter. No es el instinto sino más
bien la capacidad de percibir sonidos cuyas frecuencias rebasan el ámbito del
sentido auditivo humano. Por suerte para la supervivencia de la humanidad,
estos fenómenos no son tan frecuentes, pues, y así ha quedado demostrado en los
últimos años, ni la más alta tecnología ha servido para evitar las enormes
pérdidas humanas ocasionadas por los más recientes estremecimientos de la
tierra. Hay otros sonidos, sin embargo, que alertan a los hombres acerca de una
posible situación de peligro en un entorno más cotidiano. Un teléfono sonando
en la madrugada por lo general no anuncia buenas noticias al menos que tengamos
un familiar viviendo en Europa. Un portazo tras la llegada del ser amado al
hogar, dulce hogar, debe preparar al, quizás no tan incauto, cónyuge a eso que
tituló Lina Wertmüller en una de sus películas como El fin del mundo en nuestra cama usual en una noche de lluvia. Nada
más aterrador que el lamento de la fresa eléctrica escuchado desde la sala de
espera del odontólogo. Un concierto de sirenas que se alargue por más de diez
minutos sólo puede significar que en algún momento y por alguna razón, a
algunos se les fue algo de las manos y el grito de la ciudad se pasea en
ambulancias, carros de bomberos y patrullas de policías. Pero lo que más se
parece a esa frecuencia infrasónica capaz de alejar a los animales del peligro
es, tal vez, el traqueteo simultáneo de santamarías fuera del horario de
apertura o cierre de los negocios. Estar en la calle y empezar a percibir a lo
lejos ese sonido particular de cierre de puertas puede causar una sensación
instantánea de absoluta indefensión sólo superable al pánico de reconocer que
el ruido se acerca cada vez más a la esquina donde quedaste paralizado.
Entonces, como los animales de la película y, sin tener aún el peligro a la
vista, empieza la desbandada en busca del refugio para después contar que te
salvaste de vainita de un desastre del que sólo te enterarás, si acaso, en el
noticiero de la noche. Claro, puede ocurrir que por mala suerte te encuentres
en el epicentro del peo y que la primera santamaría que cierre sea la del local
donde justamente entraste a tomar un jugo de tamarindo. Al quedar encerrado
serán entonces otros los sonidos del pánico, los de la certidumbre de una
devastación.
14 de octubre de 2005
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