El
sentido de normalidad suele flexibilizarse cuando nos ubicamos en Caracas.
Difícil resulta no caer en el lugar común de la violencia diaria que, por
cierto, no es exclusiva de la normalidad caraqueña. En Bogotá, por ejemplo, los
niños reconocen sin dudar la diferencia
entre una bomba y un Bin Laden, lo que me recuerda algo que contaba Mario
Benedetti con respecto a la frecuencia con que se escuchaban las explosiones de
bombas en Buenos Aires durante el año 1974. Según Benedetti, una noche sonó una
detonación cerca de la casa de un amigo suyo. Su hijo se despertó asustado y
cuando el papá le explicó que había sido una bomba el muchacho aliviado
contestó, “menos mal, pensé que era un trueno”. En realidad, no es de esas
normalidades de las que quiero escribir. Pienso, mas bien, en imágenes donde la
violencia puede vestirse de ternura, como una adolescente dedicada a la
buhonería con un niño en los brazos y otro jugando, en el suelo, con los restos
de una naranja recién exprimida. También puede ocurrir que esa normalidad se
nos aparezca en forma de desamor y cachetada pública acompañada de reproches e
improperios en los que no debería verse involucrado el resto de los transeúntes
quienes, en todo caso, podrían conmoverse con el niño gimoteando que ella se
lleva alejándolo con firmeza del infiel progenitor. Normal resulta un acto
público (¿autorizado por el alcalde mayor Juan Barreto?)
en la Plaza Bolívar
con un coro de cinco niños angelicales cantando alabanzas al señor desde el
escenario destinado, en otros tiempos, a
la retreta dominical. La Plaza ,
con sus árboles exuberantes, los vendedores de cotufas, los predicadores de
esquina, sus ardillas neuróticas y las palomas causantes de tanto efecto
policromático en la estatua del Libertador, se llena de hombres, mujeres y
niños, devotos y normales que escuchan absortos el sonido angelical de aquel
quinteto divino, lleno de amor, mientras sostienen pancartas con oraciones
piadosas al estilo de “No al aborto y al matrimonio entre homosexuales”. Otros elevan
banderas con las figuras de una pareja de hombre y mujer y la leyenda “Normal”
de un lado y la figura de dos hombres y la leyenda “Anormal” del otro. Son
momentos, son circunstancias donde uno puede pensar que la normalidad tiene su
límite y que tampoco se le puede pedir a la indefensa figura ecuestre que
soporte tanto amor al prójimo. Me alejo de la Plaza
reconsiderando el significado de la palabra Humanidad mientras tarareo
una vieja canción de Nacha Guevara: “con el odio acabaremos, una bomba le pondremos,
cuatro tiros, seis granadas, diez misiles, seis torpedos, las entrañas le
arrancaremos, y los dientes le
henderemos, con el odio acabaremos”.
02 de Noviembre de 2005
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