Lo que dejó la tempestad


Durante la segunda semana de Agosto, Caracas vivió la invasión de miles de jóvenes venidos de diversas latitudes del mundo. Convocados para rechazar toda expresión imperialista e invocar la solidaridad de los pueblos, la juventud que hizo acto de presencia parecía constatar que la historia no había terminado con la caída del muro de Berlín y que, por el contrario, la utopía estaba renaciendo con otra frescura a la par del nuevo milenio. Una vez culminado el evento, algunas delegaciones decidieron permanecer en la ciudad para vivirla en su “normalidad”. Desprendidos de la agenda fueron desperdigándose por todos los rincones creando con su presencia una ilusión cosmopolita que en algún momento del siglo pasado había abandonado la ciudad. La imagen del turista con el morral a cuestas, tan común en otras capitales, produjo un efecto positivo en la población que mostraba con orgullo su pedacito de ciudad y ofrecía generosamente su ayuda y colaboración para que ese pedacito llegara a su destino final (París, Bangla Desh, Tegucigalpa) como un cálido tesoro, inolvidable y preciado. Escenas triviales en apariencia adquirían una nueva dimensión al insertar tanta nacionalidad lejana en el paisaje cotidiano. Como el grupo de pálidas facciones, sentado alrededor de una mesa en una taguara mal iluminada del Boulevard Panteón, deleitándose con un hervido de res e intercambiando impresiones, en torno al casabe, en algún idioma escandinavo. A pesar de la fingida indiferencia de los parroquianos un halo mágico envolvía el local otorgándole una soberanía de paraje turístico digno de la Guía Michelín. Más abajo, en los alrededores de la Plaza Bolívar, otro grupo exhibía sin temor sus cámaras digitales mientras el cubano servía de traductor entre el boliviano y el paquistaní y la francesa tomaba de la mano al joven miembro del Frente Francisco de Miranda como una clara muestra de integración en su mejor sentido. Y mientras un par de chicas brasileñas curucuteaba entre los discos piratas buscando algo de Calle Ciega, en la cuadra remozada que va de Monjas a Padre Sierra un grupo venido del lejano pueblo de Marisapa (Estado Miranda) ofrecía su “parranda pedigüeña” mostrando un espectáculo cuyo principal atractivo era el baile de “la burriquita de Marisapa”, y este humilde servidor, que acababa de regresar de Buenos Aires, no pudo más que pensar en los bailarines de tango de la calle Florida y en lo lucido que se pone el centro de Caracas con tanto color local y tanta pluralidad cultural.
 26 de agosto de 2005

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