La música que vino del frío


Perdido en la memoria está el momento en que desapareció el último camioncito de helados de Caracas. Su ruta diaria anunciándose con la popular marchantica EFE (Incluso utilizada por los helados de la competencia) cumplía un itinerario tan estricto que los niños podían prepararse con antelación a su llegada, solicitando a sus progenitores, de antemano, el dinero para el bati-bati, el pastelado, el morocho, el apolo o el mini-sandwich, y no había tres y dos, ni escondite perfecto, ni ere paralizada, ni “un, dos, tres, pollito inglés” que valiera cuando empezaban a adivinarse los primeros compases de la esperada melodía y salía en tropel la horda infantil para arremolinarse alrededor del heladero -por lo general un señor distinguido cuya edad se insertaba perfectamente en eso que ahora llaman el adulto mayor- a solicitarle, entre deseosos por engullir la golosina y apurados por reanudar el juego interrumpido, la categoría elegida por favoritismo o por razones económicas. Y el heladero, con esa frialdad cálida (que solo ellos y los helados ostentan), iba despachando uno por uno los pedidos del desenfreno. Nada se comparaba a la alegría que producía el sonido del camión cada tarde entre la población infantil. Ni siquiera las discretas pero efectivas campanitas de los carritos movilizados con “tracción de sangre” podían igualarlo en  algarabía. Claro, la efectividad del carrito ocupaba su espacio en las puertas de las escuelas y otros centros educativos En ese caso la adquisición del helado se relacionaba directamente con el fin de la jornada escolar o con los momentos más felices de ésta: los recreos. Mención aparte la merece el camión de la Crema Paraíso, verdadera feria a motor capaz de ofrecer, además de los ricos helados con lluvia o capita de chocolate y maní, las mejores merengadas, una cocada insuperable y perros calientes con “salsa alemana”· También la música de este centro comercial con ruedas despertaba pasiones y salivaciones. Ahora solo quedan los carritos. Algunos de ellos han cambiado su apariencia tradicional por figuras de pingüinos, pero en esencia mantienen a la ciudad bien abastecida de helados cuyos precios no parecen ideados para el consumo infantil. El asunto es que estos carritos  se han apoderado del  accesorio sonoro de los viejos camioncitos y últimamente se ha dejado escuchar una nueva melodía para identificarlos. Los aires del sur de los Estados Unidos que impregnan la obra de Stephen Collins Foster invaden las calles del centro de Caracas gracias al ejército “inofensivo” de los heladeros. Sin embargo, dudo que el sonido metálico y áspero del banjo repitiendo Oh Susanna hasta la saciedad pueda despertar en los niños de ahora la misma ansiedad golosa que inspiraba aquella marchantica tan estrechamente relacionada con rodillas rotas, uniformes sucios y madres gritando “Entra muchacho que tienes que hacer la tarea”.
22 de julio de 2005 

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