Cuenta
la leyenda que en la Caracas
colonial, solía aparecer de madrugada y
por las oscuras calles de la ciudad, una hermosa mujer vestida de
blanco, o con solo una saya para cubrir su cuerpo desnudo. Algunas variantes
han hecho de esta mujer un alma en pena que llora la muerte de su hijo o que
venga su deshonra. En todos los casos, las víctimas son los hombres libertinos
que, definitivamente, no deberían andar a altas horas de la noche por esos
caminos de Dios y el diablo. La mujer seducía al alegre parroquiano guiándolo,
bajo la promesa de un acercamiento íntimo, hasta el mismísimo cementerio donde
la joven hermosa se transformaba en un demonio con toques vampirescos y atacaba
sin piedad al inocente casanova. Aquellos que lograban salvarse de sus garras
acababan prometiendo una vida de virtudes y llegadas temprano a sus hogares. A medida que el progreso iba adaptando la
ciudad a eso que, con excesiva imprecisión, llaman la vida moderna, las
andanzas de esta mujer, Sayona o Llorona, fueron haciéndose menos frecuentes
hasta el punto de desaparecer por completo del ambiente nocturno. La otra
tarde, entre las doce y la una del mediodía, una imagen bastante parecida a la
descrita apareció en la esquina de Maturín, muy cerca del Templo Masón de los
tiempos del “Ilustre Americano”. Un vestido de novia impecablemente blanco y
deslumbrante en su elegancia cuya máxima originalidad estaba en el tocado que
imitaba el de las madamas del calipso o el de las reinas del vudú de Nueva
Orleáns, contrastaba con la violencia con la que se desplazaba esta aparición
que lo exhibía y que, a pesar del hermoso vestido, ya mostraba a la luz pública
los rasgos demoníacos de la rabia y la locura. En la medida en que avanzaba
lanzaba improperios a diestra y siniestra, demasiado rudos para reproducir en
este relato. Un rostro duro y desdentado, gastado por tanta intemperie, surgía
como la evidencia contundente de que allí solo podía existir un encuentro
fortuito entre vestido y maniquí. La caída del traje le daba a la aparición una
sensación de levitación brusca, como una bruja haciendo sus primeros intentos
de volar en escoba. Avanzó maldiciendo hasta la esquina de la
Fe. Allí , a falta de cementerio, se adentró
en la Plaza Vicente
Gerbasi y buscó la sombra del árbol más tupido para sentarse en un intento por
alcanzar un trozo de paz. Desde la calle, la aparición se veía de espaldas.
Imposible corroborar si lloraba, reía o simplemente se encontraba con sus
silencios, apenas controlando las furias contenidas en aquel traje que,
definitivamente, no le pertenecía. Porque, si patética resultaba esta imagen, a
su vez era imposible no pensar en los otros demonios, en la otra tragedia, la
de la verdadera alma en pena, capaz de entregar en las manos de una enajenada
aquel traje de novia esplendoroso y puro, en un intento por exorcizar quién
sabe qué decepción.
09 de septiembre de 2005
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