Piropos


La mujer coloca en el piso las bolsas donde guarda sus tesoros diarios y luego se sienta en el rincón que ha reservado para ella. Luce cansada y además hace un calor espantoso. Por eso jadea, se queja, zarandea las bolsas y cierra los párpados en actitud de implorar. La calle está que arde y solo ese pedazo de sombra donde la mujer parece acomodar su humanidad, crea una sensación de espejismo, de falso oasis, lo suficientemente cómodo como para atreverse a hacer un alto en el camino y liberar sus pies de la prisión en la que se ha transformado ese par de bojotes mugrientos que alguna vez fueron zapatos. Se saca el primero con la misma efectividad con la que un mago extrae un conejo del sombrero, y en ese momento, dos hombres pasan a su lado. Sin detenerse, observan con el rabo del ojo la acción de la mujer y uno de ellos dice sobre la marcha: “¡Fo! Huele a pata”. Se alejan con la soberbia del que no espera respuesta. Pero ella reacciona. Los gritos de la indignación invaden la calle a todo lo largo quedando en evidencia el autor de la deshonra: “¡Vete caminando a tu pueblo! ¡Malandro chimbo! ¡Malandro sin droga!”. Más abajo, en la plaza, un Romeo intenta besar a su Julieta y ella mueve la cabeza hacia todas las direcciones que le sirvan para alejar sus labios de la boca del galán. Semejando una coreografía los intentos de él irradian una divertida torpeza frente a las maniobras de ella. De pronto el pas de deux se detiene, él logra que ella lo mire a los ojos y entonces le dice: “Apartando la imagen de aquella niña persiguiendo a las palomas, no hay nada tan bello como tú en esta plaza”. Ella sonríe, él aprovecha la distracción y adhiere sus labios a los dientes de ella que decide no parar de sonreír. A un costado, en la cuadra trasera de la Asamblea Nacional, un Charlot encaramado en un pedestal se convierte en la gran atracción de la tarde divirtiendo a la concurrencia infantil y conmoviendo a los adultos con esa frescura ajena que se adquiere con tan solo parecerse al personaje. A unos cuantos metros del lugar, la estatua humana que lleva varios años instalándose en ese sitio cada tarde, sufre la pena del abandono y la indiferencia. Ya no asombra y eso duele. Por eso sus ojos envían un mensaje silencioso pero de enorme poder bélico dirigido a su exitoso competidor. Tal vez ni éste, ni nadie más lo hayan escuchado. Con una rapidez casi sobrenatural el cielo se oscurece y se enciende un aguacero bíblico que, en cuestión de segundos, acaba con el maquillaje del clown. También a la estatua se le destiñe la pìel, pero poco le importa tomando en cuenta que está disfrutando el espectáculo de su vida. Antes de convertirse nuevamente en hombre suelta un piropo dirigido al cielo dejando al descubierto parte del zanco que lo eleva a esas alturas tan convenientes.
17 de junio de 2005

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