Amores Perros


La perra suele ubicarse en la entrada del estacionamiento del Foro Libertador. Se llama Laika, como aquella legendaria pariente suya que tuvo el placer de visitar las estrellas en calidad de cosmonauta al servicio de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas cuando le llevaban una morena a los Estados Unidos en eso de la carrera espacial. Su pelambre es pobre y su piel vive irritada a pesar de los cuidados que le propicia una funcionaria de la Biblioteca Nacional que decidió adoptarla para que no tenga que sentir de manera tan abismal el concepto literal de lo que suele denominarse vida de perros. En realidad resulta un cuadro absolutamente conmovedor el de la funcionaria acicalando al animal sin importarle su aspecto,  su olor y la posibilidad de contagiarse una sarna o algo parecido. Con una abnegación casi maternal se le ve a diario echándole unos polvos antiparásitos, limpiándole los ojos y dándole de comer. Después, la perra vuelve a la calle. Antes de echarse da un vistazo a su alrededor. Observa y olisquea el mural que, desde hace algunas semanas, vienen componiendo dos artistas –madre e hija-  trajeadas con la franela roja de la Alcaldía de Caracas. Las mira y le resulta inevitable mover la cola porque no se puede hacer otra cosa ante tanta frescura, simpatía y humanidad. Bajo el sol implacable del mediodía, las artistas crean y recrean batallas de a caballo con un dominio de la perspectiva que recuerda a Paolo Ucello. Mientras los lanceros se dan con furia, la verdadera explosión se ubica en el atardecer que les sirve de escenario. Probablemente Laika no reconoce esa fiesta de colores por el asunto ese de que los perros solo ven en blanco y negro. No importa, de igual manera ella se pasea a todo lo largo del mural inconcluso que muestra como la tarde se vuelve noche y de la noche surge el nuevo día justo en la entrada del estacionamiento, en ese espacio al que ha elevado a la categoría de hogar. Nuevamente allí, se acurruca satisfecha del significado de la palabra amistad mientras echa un último vistazo a las autoras del mural, al grupo de vigilantes que también saben consentirla y a la gente que entra y sale reconociéndola como parte indisoluble de ese pedazo de ciudad. Cierra los ojos libres de legañas, gracias a la acción diaria de su madre postiza, y, tras un leve parpadeo, se queda dormida. Tal vez no sueñe con las estrellas que recorrió su antepasado rusa. Tal vez sólo sueñe con un hueso rico en cartílagos y en jugoso tuétano. Los perros sueñan, de eso podemos estar seguros, y, ¿Por qué no?, a lo mejor sueñan en colores. De ahí que al despertar corra a ver en el mural lo que sus sueños le revelaron, justo en el momento en que otro artista, lleno de envidia, vacía una cubeta rebosante de orines al pie de la obra. Sin pensarlo mucho, Laika levanta la pata y manifiesta su lealtad sobre los zapatos del rencoroso. El resto son ladridos de bando y bando.
15 de julio de 2005

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