Una
edad oculta tras la mugre y las infinitas capas que la intemperie, el hambre,
la violencia, la indiferencia, la desesperanza, los fracasos, y las pérdidas
han ido formando alrededor de su ser. Una cabellera gris y grasosa adivinada bajo
el pañuelo de gitana remedada como una caja china donde la miseria se disfraza
de miseria que se disfraza de miseria. Pañuelo teatral. Utilería que sólo se le
puede ocurrir al vestuarista de Renzo el Gitano o al negro humor involuntario
de alguna pretendiente a Dama de Beneficencia. Trapos de toda índole la visten
confiriéndole el particular aspecto de una colcha de retazos extendida sobre
los eternos cartones con los que la indigencia se inventa una cama. Hay un
edificio en la esquina de Maturín que tiene como una especie de descanso
techado de granito. Sin duda alguna es uno de los sitios más privilegiados con
los que cuenta el indigente para guarecerse de la lluvia y el sol. Allí la vi.
Durmiendo con la profundidad que se aprende a controlar cuando la calle es tu
dormitorio. Ajena, así parece, al calor del mediodía, al humo, al ruido de
motores, a los corneteos que causan los camiones cuando detienen el tráfico
para descargar alguna mercancía. Ajena a esa otra vida que poco le importa
porque tampoco la nota. La miro y trato de adivinar su sueño. De pronto el
mundo se me pone en blanco y negro y hasta un lejano toque de pianola parece
acompañar la imagen por encima del monótono crepitar de la cinta en el
proyector. Por los momentos me siento en uno de los primeros melodramas del
cine mudo americano, solo que nuestra heroína no está en una fría cabaña de
Chicago. Tampoco aparece el galán que la salvará del villano de largos bigotes
y estricto traje negro que la tiene esclavizada a la desazón. No hay sueño americano
en esta película así que la pianola se convierte en la orquesta hiriente de
Prokofiev o Shostakovich, marcando el ritmo alucinante del cine de Eisenstein
donde el pobre muere pobre hasta que aprende a alzar una bandera. Pero su sueño
parece demasiado tranquilo para el vertiginoso desarrollo del Acorazado
Potemkin. Como si hubiese construido un remanso a su medida hay en ella una
sensación de paz, de protección, de liberación. No es Grifith, tampoco es
Eisenstein. Es la ternura, el ojo poético de Charles Chaplin descubriendo la
belleza que oculta el horror, conmoviendo a través del equilibrio creado entre
la lágrima y la reflexión. Allí, en la esquina de Maturín, a la una y media de
la tarde, la indigente duerme placidamente abrazada a su osito de peluche.
03 de junio de 2005
la tragicomedia de la pobreza critica,pero la hemos conocido personal y particular ,creo que tambien tiene otra optica es el desmembramiento del individuo ante la sociedad opresiva que no le dio en ese momento al fluir de sus mas profundas aspiraciones,no se VICENTE AMIGO si eso fue lo que te paso,nunca lo entenderemos ya al final de tu vida algo cambio pero fue tarde ya la lejania opaco los sentimientos y el resacate nunca se realizo,Vicente chico te fuistes a acompañar a la abuela.
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