Una
de las reglas clásicas de la literatura fantástica determina que debe existir
una especie de pasaje, un corredor que comunique la realidad con el ámbito
donde se manifiesta la maravilla. Así, por ejemplo, Alicia atraviesa un espejo o
cae por el largo hueco de la madriguera de un conejo antes de llegar al mundo
irreal de sus delirios. Jonathan Hacker es buscado por un extraño carruaje que
lo adentrará en un bosque lleno de sonidos y sombras fantasmales que van
preparando su disposición para el encuentro con el Conde Drácula. Un túnel, al
que se ha llegado por un camino equivocado, puede conducir a una niña japonesa
al corazón de un reino donde la mitología y la modernidad se combinan y dan
forma a personajes que sólo pueden vivir en el mundo de los sueños y en la
imaginación de una mente febril. Julio Cortazar ¿quién mejor que él? evocaba el
hecho fantástico como el momento en que esa puerta que, antes y después, da al
armario, de pronto se entreabre y deja vislumbrar el prado donde pasta el
unicornio. Pero hablamos de literatura y pensamos que podemos limitar el hecho
fantástico al exclusivo nivel del arte. Tal vez, quien así lo cree no conoce el
centro de Caracas, región fantástica a la que se puede llegar a través de
infinitos corredores. Basta con tomar, digamos por caso, el metro desde Dos
Caminos en dirección a Capitolio. A lo largo del trayecto el usuario atento podrá
identificar las señales evidentes del tránsito hacia lo fantástico. Una señora
muy bien vestida pasa por cada uno de los asientos del vagón donde viaja este
servidor, revelando, apoyada en arrugados artículos de periódicos y revistas
colocados en una carpeta a punto de disolverse, lo que considera las pruebas
irrefutables de que el mundo se acabará, a más tardar y con suerte, en
septiembre. En Bellas Artes entra al vagón una hermosa mujer; se sienta justo a
mi lado para llorar desconsoladamente y se baja en la próxima estación. Alcanzo
a ver cuando toma el tren en dirección contraria. En La Hoyada suena mi celular y
al atender aparece el aviso que indica que no tengo cobertura. Finalmente, y
como siempre, el tren arriba a la estación de Capitolio. El espíritu del
viajante se prepara para aquello que, con rigurosa puntualidad, saldrá a su
encuentro una vez haya ganado la superficie. Suena a lugar común la tan
trillada frase en torno a la capacidad de asombro saturada. Lugar común y falsa
premisa sobre todo cuando la cotidianidad tiene como destino el centro de
Caracas. El prado donde pastan los unicornios.
22 de abril de 2005
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