En
cualquier muro del mundo podría aparecer
la siguiente sentencia: “Basta ya de realidades, queremos promesas: Los Pobres”
y puede resultar absurdo, jocoso o, en el mejor de los casos, inteligentemente
sarcástico, pero ¿acaso la promesa no forma parte inherente de la naturaleza
humana? ¿No es la vida misma una sucesión
de pactos forjados a partir de intenciones a futuro? Los novios se juran
amor eterno, los reincidentes prometen no volver a hacerlo, los principiantes
prometen llegar a la cumbre y hay quienes prometen la luna y las estrellas a
sabiendas que no les pertenecen. También
están los que involucran a la Fe
en sus propósitos y, de alguna manera, terminan comprometidos física y
materialmente con la institución religiosa que los ampara. Lo cierto es que, en muchas de esas
situaciones, las promesas comprometen –disculpen el pleonasmo- a terceros, inocentes
e, incluso, a algunos elegidos en contra de su voluntad. Aunque suele ser más
atractivo el pago de una promesa a través de un rito donde el encubrimiento (la
máscara) es parte esencial del mismo, –llámese diablada, fiesta de locos y
locaínas o sanpedreros- el observador
externo siempre percibirá en el pagador la cualidad de heredero cuasi gratuito
de la penitencia. La
Semana Mayor resulta un escenario perfecto para poner en
manifiesto esta tendencia de la Humanidad.
Pues resulta que, después de tanta agua, finalmente llega el
verano y tan intensa resulta la luz solar que hasta el mismo Ávila parece un
espejismo digno de Lawrence de Arabia. El calor extremo obliga al caraqueño a
buscar refugio en ambientes frescos y -¡Oh casualidad!- además de algunos
bancos, restaurantes y oficinas públicas, son las iglesias los perfectos
lugares de resguardo. Y eso sin ayuda de aire acondicionado ni ventilador de
por medio. Imagen banalizada del creyente, la que mostramos entre tanto calor.
Banalizada porque obviamos adrede un detalle: nada más caluroso que un templo
atestado de gente, y eso ocurre. Porque es un gentío insólito el que aparece en
San Francisco, en Santa Teresa, en la Catedral , en Santa Capilla y en todo templo católico erigido en esta ciudad. Gentío que viene de todos
los rincones y que pone de manifiesto la costumbre inmortal de la promesa con
su presencia andariega por cada calle del casco central. Esos puntos morados y
amarillos que se reproducen hasta el infinito; esas cabezas cuyas miradas al
suelo manifiestan el peso que se ha depositado sobre los hombros sin siquiera
preguntar; esa invasión de nazarenos en
perfecta formación, no son más que la prueba fehaciente de las intenciones
consumadas y de que, como nunca, pagan
justos por pecadores.
08 de abril de 2005
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