“Este Sábado Reunión de Milagros en la Plaza Miranda ”. El
anuncio, una convocatoria bastante perturbadora que reafirma el sentido
realista mágico de la cotidianidad caraqueña, se encuentra en la entrada de una
de las tantas congregaciones evangélicas del centro de la ciudad. Basta con
subir por la esquina de Padre Sierra en dirección a la Avenida Urdaneta
para ubicar el templo improvisado con el letrero de marras. Inmediatamente nos
imaginamos aquella reunión donde resurrectos, desahuciados curados, asesinos
arrepentidos, limpiabotas millonarios, sobrevivientes de tragedias aéreas y
terremotos, caminantes sobre las aguas, novicias voladoras, ciegos que ven,
mudos que hablan, paralíticos que corren, políticos honrados, poetas exitosos,
borrachos que no se enratonan, obras cumbres de la literatura, animales
parlantes, gallinas de los huevos de oro y cadáveres exquisitos se saludan y
abrazan a la sombra de la estatua del Precursor, sirviéndose jarras de agua de alguna toma de la plaza para
luego alzarlas, gritar “Hágase el vino” y brindar hasta la ebriedad mientras
beben de sus jarras eternamente llenas. No tengo la menor duda de que ese día
la plaza estará abarrotada. Tan solo con los milagros que se dan alrededor del
templo hay como para llenar páginas enteras del libro de asentamiento de
prodigios. Y para muestra un botón: Al recorrer la cuadra que va desde la
salida del metro en la esquina de La
Bolsa , hasta Padre Sierra, el peatón se encontrará con una
diversidad de vendedores informales que no llamarían mayormente la atención de
no ser por una de ellos. Su voz se escucha claramente desde el mismo momento en
que se abandona la entrada del subterráneo. Parece salida de uno de esos
megáfonos con los que, desde la altura de un camión, se ofrecen tomates,
plátanos y lechozas las mañanas de los sábados. La voz es insistente y viene
acompañada de una base rítmica bastante changosa. “Todo a mil, todo a mil, todo
lo que ve a mil” y se repite como una letanía. Lo extraño del asunto, y he ahí el
hecho milagroso, es que cuando uno se acerca al puesto en cuestión, la
vendedora esta como adormilada y en absoluta calma. Su voz no sale de la boca
inmóvil. Sin embargo se oye clara y fuerte. Su origen solo se delata por la
pequeña luz brillante que titila desde el reproductor de discos compactos que,
sin el menor recato, toma su energía de la tanquilla más cercana. Un milagro
digital.
18 de marzo de 2005
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