En 2005, cuando escribí esta nota, el Cuartel San Carlos era sede de un proyecto de escuela de teatro y circo. Posteriormente se le entregó a una Fundación para preservar la memoria insurgente de quienes padecieron entre sus rejas.
Los espacios destinados a resguardar la memoria suelen
envolverse de atmósferas especiales. Basta entrar a los depósitos donde se
encuentran los libros raros de la Biblioteca Nacional
para sentir como si una dimensión paralela estuviera a punto de mostrarse a los
ojos del visitante. No se trata de la presencia de espíritus u otras
manifestaciones de tipo extra sensoriales. Es, más bien, una singular
combinación de estados de ánimo cuyo principal ingrediente es la nostalgia.
Como si los libros que allí se encuentran preservaran un trozo del alma de sus
antiguos dueños y de los efectos que sobre ellos causaron los diversos
acontecimientos de los que les tocó ser testigo y parte. Puede ocurrir que ese
estado anímico se materialice y entonces el inocente visitante crea estar
frente a eso que llaman fantasma. Como consecuencia de tales asombros empiezan
a surgir toda suerte de historias, casi siempre ligadas más al lugar de
resguardo que al objeto resguardado. Una prueba irrefutable de lo equivocadas
que están tales afirmaciones es el hecho de que una vez mudada la colección de
su antiguo hogar entre las esquinas de San Francisco y La Bolsa al moderno edificio
del Foro Libertador, aún en esos depósitos de franco estilo industrial, siguen
presentándose las voces, las miradas, las fragancias y los pasos del pasado.
Existen otros espacios dónde la memoria permanece atrapada entre sus muros.
Lugares vacíos de objetos o presencias materiales pero saturados de toda la
energía emanada de los sucesos e individuos que hicieron de este un escenario.
Pongamos por caso al Cuartel San Carlos. Demasiados siglos lleva a cuestas esta
edificación como para permanecer libre de los fogonazos de la memoria. Basta
entrar al recinto para que la tristeza se adhiera a los huesos y un temblor
sutil invada al desprevenido con la misma intensidad que ataca el alma del que
escudriña en las fotografías de Francisco Solórzano que testimonian los días de
febrero de 1989. De nada vale que sus salones alberguen ahora a estudiantes de
artes escénicas, tramoyas e implementos para acrobacias. Desde las celdas
vacías el grito sordo del dolor ancestral se cuela por los barrotes y uno tiene
la sensación de que en cualquier momentos sus paredes van a transpirar sangre
como en una clásica película de terror.
Es la memoria. Implacable, indetenible, que zarandea a la humanidad para
no caer en la tentación del olvido.
25 de febrero de 2005
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