La Torre


La Banda sonora de la película Titanic en una versión al mejor estilo Zanphir ejecutada por un representante del altiplano con una flauta de pan barnizada –nada que ver con la autóctona zampoña- y el acompañamiento de una pista grabada, puede ser una imagen perfecta del poder de la globalización. Los rasgos indígenas del ejecutante y su indumentaria rigurosamente negra contrastan con el blanquísimo paredón que le sirve de escenario. El músico parece abstraído de todo lo que ocurre a su alrededor, o más bien hace intentos por aislarse del entorno como una estrategia de mercadeo para llamar la atención del público. A sus espaldas se asoma una placa conmemorativa de la primera visita de Juan Pablo II a Venezuela. De resto, el paredón que lo alberga se alza limpio hasta el campanario de la única torre de nuestra Catedral. Curiosa asimetría la de este edificio que causa una impresión de olvido involuntario, de “te prometo que más tardecita te construyo la otra torre” y hasta el sol de hoy. Parece propiciar la variedad. Tal vez por eso no resulta incongruente la  mezcolanza cultural del intérprete. Como tampoco lo es el collage sonoro que recoge quién se detiene en la esquina, guardando la misma distancia con la torre, el portón de la iglesia y las escaleras de la Plaza Bolívar. Como en una competencia para captar almas, se solapan las notas de la flauta con la prédica amplificada que surge de las entrañas del templo a través del portón y los valses que brotan de los parlantes colocados en las farolas de la plaza  y desde los cuales trasmite la localísima emisora Radio Plaza Bolívar.  Sumemos a esto las campanadas que cada cuarto de hora surgen del viejo carillón. La variedad es, si a ver vamos, una práctica de vieja data alrededor de la torre de marras. A finales del siglo XVIII resonaron allí las obras sacras, de evidente estilo europeo, escritas por músicos pardos y en las cuales se puede intuir incluso un halo de serenata criolla y aguinaldo popular que, a lo largo del XIX, acabará definiendo un lenguaje nacional. En las décadas del veinte y del treinta fungió como Maestro de Capilla de la Catedral, el prolífico Juan Bautista Plaza, autor de música sagrada, pero también del célebre joropo El Curruchá. Ahora el Titanic se hunde ante los feligreses y hay hasta quién aplauda la gracia. La blanquísima torre de la Catedral continúa siendo el fondo ideal para tanto acto multicolor.
11  de marzo de 2011

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