Carnaval con agua


Corría el año 1757. Aún no había terminado de desempacar sus corotos el obispo de Caracas,  Diego Antonio Diez Madroñero, cuando sufrió su primer ataque de indignación. Sus ojos no podían creer la libertad que despertaban los tiempos de carnaval entre los feligreses. Los mismos que durante la cuaresma se mostraban devotos y abnegados, propiciaban en las carnestolendas juegos con jeringas de agua, negrohumo, pintura y almidón. En las esquinas hacían coplas  dirigidas, en abierta burla, contra el Rey de España y el Capitán General. Diablos vestidos de hojalata y llevando una campanita en el rabo, aterrorizaban a los niños y dejaban una estela de azufre a su paso y en los barrios bajos paseaba la burriquita mofándose de los transeúntes. Pero lo que más escandalizó al recién llegado obispo fueron los juegos acompañados de tocamiento: el pico-pico, el escondite, la gallina ciega, entre otros. Diez Madroñero prohibió, entonces, los carnavales  ya que allí se propiciaban las más vivas y artificiosas expresiones de libertad en juegos, justas, bailes, contradanzas y lazos de ambos sexos con tacto de manos y acciones descompuestas e inhonestas. Pienso en Diez Madroñero ahora que revivió en la ciudad la pasión que tanto le irritaba. Tal vez haya influido el hecho de que este año el carnaval  cayera tan cerca de la navidad y que, por lo tanto, los motores de la rumba aún estuvieran encendidos en la mayoría de los mortales. Todavía quedaban algunos restos de ensalada de gallina y una que otra hallaca en el refrigerador y ya la ciudad estaba dispuesta a disfrazarse de negrita.  Algunos paseantes fueron sorprendidos con bombas de agua disparadas desde balcones fantasmas, a través de cuyas rendijas se asomaban apenas uno o dos pares de ojos rebozados con el brillo que solo puede dar  la travesura infantil consumada. El alma era una bolsa de papelillo. Sin embargo, a los organizadores de esta megafiesta se les fue la mano en el juego del agua, a las reinas se les corrió el maquillaje y se les deshizo la corona de cartón y las carrozas acabaron destiñéndose en el camino, como un animal herido que deja el rastro de sangre. Claro, también puede haber otra explicación para este exabrupto líquido que no solo afectó a la capital. Grande ha debido ser la ira del viejo obispo Diez Madroñero al descubrir la trasgresión de su ley y, de paso, con apoyo oficial. Y grande también su influencia en el Todopoderoso.
18 de febrero de 2005

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