En
las cercanías del vicio está la salvación. La distancia que separa las puertas
del cielo del foso del infierno debe ser lo suficientemente sutil como para que
el agraciado, o la víctima, pueda tener punto de comparación. Por extraño que
parezca, en este caso se desciende del infierno al paraíso. En las alturas está
el pecado materializado en barra, tragos, ceniceros, la posibilidad de
satisfacer deseos carnales y un demonio hecho mujer que pretende, desde un
púlpito atravesado entre los penitentes y el urinario, cantar pasiones y
anhelos con la ayuda de una pista y un micrófono que pone demasiado en
evidencia sus deficiencias vocales. “No es quincena”, dice la sacerdotisa
justificando así el poco entusiasmo que despierta. Pero no olvidemos que se
trata del infierno. Este templo de la perdición tiene su altar plateado sobre
el cual reposan ídolos líquidos conservados en vidrio. De sus entrañas sale la
helada esencia del mal, envuelta en su velo de novia sacrificada. Las almas
perdidas se alimentan del jugo espumoso y ámbar proveniente de este cáliz
polar. La poción tiene efectos sobre la percepción. La hace soportable.
Entonces el penitente empieza a disfrutar de aquellos sonidos desprendidos de
las cuerdas vocales de la sacerdotisa y siente ganas de bailar y rozar su
cuerpo con otro y se cree el ser más afortunado del mundo. Bajando las
escaleras se llega hasta el Edén. Allí, las almas salvadas miran y escuchan con tal embeleso como si justo
delante de ellos se encontrara la felicidad que pueden asir con tan solo
estirar un poco el brazo. Ignoran por completo la puerta que, a sus espaldas,
conduce al reino de Satán. Ignoran el bullicio de carros aglomerados en una
cola interminable. Ignoran incluso a los paseantes ensimismados cuyo apuro no
les permite ver el milagro que ocurre justo delante de sus narices. En el
templo del cielo el altar es una mesa improvisada sobre la cual se amontonan
discos de video donde residen las estrellas de Hollywood y los ídolos pop. En
su parte más alta se encuentra el púlpito convertido en aparato de televisión.
Desde allí, las palabras del Señor se escuchan con una contundencia infantil,
inocente. El traje blanco con el cual está ataviado el orador resulta
redundante con su pureza intrínseca. Mientras convierte a Dios en palabras, sus
asistentes se encargan de distribuirlo a un módico precio. “Solo aquí
encontrará el video del Niño Predicador”.
04 de febrero de 2005
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