Sigo con este orden cronológico que deja una sensación anacrónica pero nunca sincrónica. (Más bien con mucha crónica)
Inicia el nuevo año y la ciudad despierta después de las dos de la tarde. Un intenso olor a pólvora quemada vuela amodorrado y se confunde con los aromas que escapan de las bolsas de basura. Algún indigente pretende rescatar un trozo de la navidad perdida entre hojas de hallacas, kilómetros de botellas vacías, latas de cerveza, restos de pernil y ensalada de gallina, condones usados y cajas rotas que sirvieron de envoltorios para muñecas glamorosas, flamantes autos de carrera, ropas, carteras y calzados de estreno. Apartando este espectáculo, las calles permanecen vacías y silenciosas. El silencio contrasta brutalmente con las detonaciones apocalípticas de la noche anterior. Ni las campanas de la Catedral tienen el valor de tocar las horas muertas para no incomodar al resto de la ciudad que sufre dolores de cabeza, sabores pastosos en la boca, mareos, nauseas, sudores fríos y un cansancio que delata sus cuatrocientos treinta y siete años. Las ardillas de la Plaza Bolívar aprovechan la calma para descansar tras una noche de estrés y locura que superó hasta los más candentes enfrentamientos de los tiempos de Peña. Tampoco las palomas han querido posarse en la estatua ecuestre y si acaso se percibe un movimiento, es el de alguna varilla de copetón que cae desde la copa de un árbol al ser estremecida por un golpe esporádico de brisa. Los adornos navideños de plazas y fachadas también lucen trasnochados y como, lógicamente, no acudió a su cita el encargado de apagar sus luces, el hecho de encontrarse encendidos a pleno sol y bajo un cielo intensamente azul, crea una sensación de abandono que resulta lo más patético del cuadro. El centro de Caracas se transforma en otra ciudad. Una ciudad abandonada, como las imágenes de la peste en alguna película alemana. No hay un solo establecimiento abierto y la ausencia de buhoneros solo sirve para corroborar el estado de su alma devastada. De pronto, un revoloteo se adivina al doblar la esquina. Un carro en lento movimiento rompe, en apariencias , con la parálisis general.. Solo quien lo detalla puede darse cuenta de su naturaleza intangible, nebulosa y fantasmal. Como símbolo inequívoco del estrago, en su interior se vislumbran las ánimas en pena que recorren las calles buscando un local donde poder disfrutar de una cerveza bien fría. Coincido entonces con el dicho llanero: “Señor, si con mis peas te ofendo, con mis ratones te pago y me quedas debiendo”.
7 de enero de 2005
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