Evocar
los áridos paisajes del Estado Lara al transitar por los alrededores de la Plaza Bolívar.
Descubrirse, en medio del reaggeton, Olga Tañón y la mesa que más aplauda,
rememorando el fuerte sabor del chivo asado, o en hervido, acompañado de una
cerveza helada servida en un plato sopero de metal, una mañana de domingo, allá
en los kilómetros, en un local
envuelto aún por el espíritu sensual de la noche anterior, con muchachos, a
punto de cumplir los quince años, dispuestos a hacerse hombres y bajo la mirada
cómplice de sus progenitores, llenando esos mismos salones y los dormitorios
ubicados en la planta alta. Salir de la oficina con el maletín repleto de
documentos por procesar y, repentinamente, sentirse como embriagado de cocuy y del
sol de Carora, es, en todo sentido, una experiencia que se agradece. Después de
todo, la imagen pudiera sugerir una fuga momentánea del infierno de la
cotidianidad y, por lo tanto, no es de extrañar que esa evasión se produzca
siguiendo el débil hilo musical que produce Orfeo a través de su lira. Sutil y
a la vez efectivo, el corredor melódico va derribando los obstáculos del día a
día, liberando el paso del peatón afortunado y guiándolo hacia la superficie
donde lo espera la evocación, la luz encandilante del mediodía tocuyano o el
explosivo atardecer vislumbrado desde la ascendente vía a Cubiro. Porque la
lira es un violín y la melodía es un vals de melancólica procedencia larense.
Orfeo se trasmuta en campesino y el hecho de que por él hayan pasado tantas
cosechas permite que su edad sea un dato prescindible. Desde los años cincuenta
ha estado viniendo a Caracas, con una constancia religiosa, a liberar en la
capital los sonidos de su campo. Ha conocido tiempos mejores, con discos
grabados, participaciones con la célebre agrupación Los Duaqueños y
presentaciones en radio y televisión. Valora su amistad con Andrés Cisneros, el
trovador de Caracas fallecido en 1970 y ahora, simplemente se instala a la
sombra de un árbol cercano a la esquina de La Torre , con el estuche abierto de su lira para
recibir las monedas y una fotografía de Alí Primera pegada en su interior. Bajo
el sombrero de cogollo se perfila el rostro afable de un corazón noble que
supera cualquier signo de derrota. Al terminar el vals, sonríe, se presenta y,
antes de enfrentar la siguiente pieza, ofrece una última jactancia: Hasta me
hicieron un programa en VIVE.
14 de enero de 2005
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