Causas y Azares


Cuando se camina desde la Plaza Bolívar hacia el Panteón Nacional, llama poderosamente la atención encontrar, en sus cuatro cuadras de recorrido, al menos ocho agencias de lotería, entre las cuales destacan tres ubicadas en puntos donde anteriormente existían negocios de diversa índole. En la esquina de La Torre el destino quiso que The Corner, tienda de souvenirs y  artículos del hogar, diera paso a la agencia Premios Catedral, mientras que en la esquina de Veroes ocurría lo mismo con la tradicional Farmacia Francesa, de cuyas ruinas nació la agencia Rayza, combinada con una casa de empeño, una sala de maquinitas y un centro de comunicaciones. También un abasto localizado al final del Boulevard Panteón ostenta en la actualidad el nombre de Agencia de Loterías Sebasthián. Esta sistemática sustitución de servicios por propiciadores del azar no resulta extraña en una ciudad donde, en sentido patrimonial, lo trascendente es derrotado a diario por la inmediatez. Sumadas a estas tres encontramos cinco pequeñas agencias incrustadas en luncherías, panaderías y kioscos de periódicos. La mayoría de ellas posee una imagen de Santa Barbara, una fotocopia ampliada de la caricatura de Panchita –donde el ojo acucioso encontrará claves para adivinar los resultados del triple del día- y un aparato de televisión colgado en la pared que se enciende a la hora en que son transmitidos los múltiples sorteos que, a diario, ofrecen las loterías nacionales. Tienen, las tres agencias nombradas al principio, un aire de franquicia, con su estilo “Entidad bancaria” que incluye taquillas a prueba de robos, piso de granito, cielo raso de diseño moderno y espíritu que arrasa sin importar que es lo que se lleva por delante. También ostentan bombos donde los clientes arrojan los boletos perdedores con la esperanza de ganar, en sorteos semanales, premios hasta de cien mil bolívares, generándose una sensación de agonía prolongada bastante útil para alimentar el masoquismo del jugador empedernido. Basta con entrar a alguna de ellas para sentirse invadido por certezas de triunfo y enriquecimiento que, apenas se abandona el local, vuelven a trasmutarse en deseos que anhelan superar improbabilidades Además, y por si no fuera suficiente vida dependiendo de un número impreso, hay en el camino un par de centros hípicos para hipotecar el futuro en las patas de un animal. El azar, dijo José Martí, es la forma más vil de la esperanza.
28 de enero de 2005

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