Niebla

De mis recuerdos de infancia, cuando vivía en Artigas, son seis las imágenes que mantengo más vivas en mi memoria. El paso del tren, todas las tardes causando alboroto y regocijo en los niños que interrumpíamos el desarrollo de cualquier juego para ver y escuchar al ciempiés de puntualidad inglesa recorriendo los rieles al final de la calle. El panadero que repartía a domicilio el pan de a locha recién hecho y las tunjas calientitas guarecidas en un enorme baúl negro adherido a su motocicleta. El Show del Pueblo , fenómeno mediático con Gilberto Correa, desde los edificios de la avenida San Martín y el barrio en pleno llegando al lugar con las sillas de sus casas al hombro para disfrutar del espectáculo cómodamente sentados. El coche a caballo en el que paseábamos los niños cada tarde para que así nuestras madres tuvieran su media hora de paz. El terremoto y la gente, en medio de la calle, en pijama y dormilona y, finalmente, la niebla que envolvía la zona apenas llegaba Diciembre y bajaba la temperatura. Esa niebla que invitaba a los niños a colocarse los patines Winchester o a preparar las escandalosas carreras de carruchas. De aquellos tiempo, la niebla de mis orígenes parecía haber huido definitivamente de la ciudad, refugiándose en los alrededores del Hotel Humboldt, temerosa de quién sabe que represalias. Con todo y eso, la otra tarde ocurrió un retorno de la hija pródiga y toda La Pastora se ocultó tras su manto gris. La vi pasar como apuradita y tuve la sensación de encontrarme dentro de un poema caraqueño de Aquiles Nazoa. La imaginé despertando, sin saber por qué, en medio de la barriada y, entre ofuscada y en zozobra, poniéndose la ropa a medio abotonar para regresar a su refugio antes que alguien se diera cuenta del asunto. Por ese breve instante retorné a la remota Artigas de mi niñez con todo y disco de Los Tucusitos. A los pocos días, otra niebla de naturaleza distinta se instaló en las partes bajas de la ciudad. De ella no puede nacer ningún tipo de nostalgia aunque su sola presencia provoque llanto. Nace del conflicto para acabar con el conflicto y, paradójicamente, lo acrecienta. Se mezcla con el humo de los cauchos, motos y autobuses quemados y esparce rumores y temores nada navideños mientras extiende invitaciones al saqueo y la anarquía. También baila bajo el influjo de las sirenas no las que enloquecieron a la tripulación de Ulises, sino las de la urgencia y la persecución. Nada poética resulta la niebla nacida de las granadas lacrimógenas.

31 de diciembre de 2004

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