Las cuerdas del instrumento son pulsadas con una energía similar a la utilizada por los guitarristas flamencos. Sin embargo, no se trata de vigor ni mucho menos puede sugerirse algo de duende en la atmósfera. Las cuerdas se quejan. Desde el alma misma del instrumento apenas se percibe una rabia tan insignificante como el gesto del instrumentista. Verdaderamente sus ojos solo pueden reflejar una infinita acumulación de resignaciones. Realiza el acto inmune a la indiferencia de los comensales que no interrumpen sus conversaciones, masticaciones, libaciones y chocar de cubiertos para prestar una mínima atención a su interpretación. Se pasea por las mesas simulando ser cantante. La canción es una súplica, como sólo puede serlo el bolero ecuatoriano de Julio Jaramillo. Suena automática, fatigada y definitivamente desubicada –no es de noche, no hay rockola ni se bebe aguardiente- en ese mediodía abarrotado de oficinistas, bandejas, vasos plásticos y televisores que transmiten los noticieros de todos los canales nacionales. No intenta propiciar complicidades. No quiere estar allí. Su objetivo parece ser el terminar lo antes posible con la pantomima. Acaba con la canción –literalmente hablando- y, como apenado por lo breve, arremete de nuevo con una ranchera. En honor a la verdad, dudo que alguien se haya percatado de la variedad del repertorio. Una nueva ronda por las mesas es asumida como un castigo divino: cíclico y desesperanzador. Con el acorde final se inicia la parte, tal vez, más humillante del espectáculo. El brazo extendido y la mano abierta se pasean vacíos y la voz hace esfuerzos por esconderse mientras repite con obligación de letanía: Gracias capitán. El destino del fracaso parece ser su costumbre porque ni siquiera se percata del único comensal que está dispuesto a depositar un par de monedas en su mano desolada. Casi está a punto de abandonar el local cuando el comensal logra, con una orden caritativa , que encienda su mirada y reaccione ante el brillo de las monedas. Por un momento titubea. El brazo que sostiene la guitarra la envuelve con una firmeza renovada, cambiando su condición etérea. Una fracción de segundo le basta para sentirse artista. Íntegro. Toma las monedas fijando la mirada en la mano del benefactor. Entonces recupera el peso de su desasosiego no sin antes cambiar sutilmente la letanía: Gracias General.
03 de diciembre de 2004
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