Tarde Gris

Los últimos días de octubre cubren la ciudad de un estado anímico bastante particular. Tal vez sea porque la tarde se transforma en un largo anochecer aderezado de relámpagos y truenos más apropiados para las góticas noches de Transilvana que para estas regiones equinocciales y porque la lluvia no es aguacero sino perseverancia en el más antipático sentido de la palabra. El Ávila esconde en la niebla su húmeda tristeza mientras el espectáculo audiovisual de rayos y centellas se adivina tras la última colina por dónde avanza el viejo camino de los españoles. No hay niños que canten a la lluvia y sin embargo en los más insólitos rincones se puede percibir que no sólo la vieja está en la cueva. Las delgadas líneas de los relámpagos se presentan inversamente proporcionales al contundente y prolongado sonido del trueno que los remplaza. El Catuche abandona paulatinamente su condición de quebrada para revivir, sin alegría, los tiempos de honroso río. Los habitantes de sus orillas reconocen el tono melancólico de su crecimiento y no auguran nada bueno de todo esto. Por breves lapsos escampa, pero el gris permanece instalado en el cielo. Todo desasosiego se magnifica y por eso las sirenas de patrullas y ambulancias hieren el alma a través del oído y nada resulta tan inconsolable como las luces encendidas de los carros a las tres de la tarde. El silencio, condición definitivamente foránea al centro de Caracas, se adueña de los transeúntes que, bien sea resguardados bajo los esporádicos toldos o cornisas que encuentran en su peregrinar, o bien sea al ritmo resignado de sus propios pasos bajo la lluvia, van cayendo en una suerte de introspección que los conduce irremediablemente al enfrentamiento con sus más profundas dudas existenciales. Como si la vida consistiera en aguantar las ganas de llorar, la última sorpresa de la tarde se presenta al cruzar una esquina y descubrir un negocio cerrado. Digamos, para fines del relato, que se trata de una carnicería, recién inaugurada, con el anuncio, aún cubierto por hojas de periódico, a la espera del acto oficial de rigor . Un local donde se ha invertido esperanza y expectativa, cerrado en plena tarde de un día gris, lluvioso, melancólico pero laboral. Adherido a la Santamaría se lee un cartel demasiado grande para tanto nudo en la garganta: Cerrado por Duelo. Diría Aquiles Nazoa: lo que sucede es que hoy es un día de otra parte.

05 de noviembre de 2004

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