En la década del 30, Caracas contaba con tres imponentes hoteles: El Majestic, frente al Teatro Municipal, el Madrid, en la esquina de La Torre y el Royal, a una cuadra de distancia, en la de Veroes. El Majestic dio paso al Centro Simón Bolívar. El Royal fue sustituido por una edificación moderna que emula su estilo original y el Madrid es un espectro de ala caída. En este último funcionó el Roof Garden, terraza de baile con una envidiable vista hacia la Plaza Bolívar, donde alternaban, entre otras, las orquestas de Billo Frometa y Luis Alfonzo Larraín. El cariño que profesaba Billo a ese local lo manifestó en un especial de televisión que conmemoraba los cuatrocientos años de la ciudad. Allí, como un par de pensionados, el Hotel Madrid rememoraba junto al Royal la Caracas de sus esplendores. Ahora, cuando uno transita, antes de la hora de apertura de los negocios, por esa cuadra que comunica ambas esquinas, otros aromas, otros glamoures lo van envolviendo en la medida en que esta nueva ciudad se despierta y ese despertar es un ruido de tarantines armándose mientras sorteas las cajas repletas de discos compactos que pronto estarán colocados, con criterio de establecimiento comercial, a la vista del público. El sol, aún bajo, no puede penetrar la calle protegida por los viejos edificios, gracias a lo cual, se crea una especie de penumbra que llena de frescura la cuadra en movimiento. Casi llegando a la esquina de Veroes un tumulto rodea el centro generador de aquel aroma mañanero. Allí el Gran Combo no es el de los muchachos de Rafael Ithier -aunque pueda aparecerse, de cuando en cuando, uno que otro zapato de cartón y una que otra mirada de barbero loco que ni te cuento- sino que consiste en dos pastelitos y un jugo a mil bolívares. Allí la salsa se baila en el estómago del intrépido que se atreve a enriquecer la suculenta oferta con un picante de alto riesgo. En el transcurso de la mañana el improvisado comedero desaparece, pero la rumba sigue y esta vez a cargo de un vendedor de granizados que, con una voz de autentico sonero deleita a los transeúntes con lo mejor de Maelo, Lavoe y Oscar. Imposible no relacionar esta imagen con la de Ray Barreto vendiendo raspados en aquella cinta del 72 llamada Nuestra Cosa. Entonces se me ocurre imaginar al espectro del Hotel Madrid gritándole al Royal: Es que aquí cabemos todos, caballero. Del control, que se encargue la alcaldía.
12-11-2004
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