Plaza Bolívar (II)

En 2004. El Centro de Caracas era un inmenso mercado persa. Ahora sus espacios históricos han sido recuperados. Quede esta instantánea como testimonio de ese pasado cercano:

Los mercaderes del templo compran oro, dólares y euros. También representan fábricas de ropas, aunque sobre esto se ha tejido toda suerte de leyendas urbanas que van desde la inocente muchacha que acompaña al solicito vendedor a un callejón donde se encuentra la supuesta fábrica y allí es violada y atracada, hasta las tarjetas de presentación impregnadas de burundanga, la droga que suprime la voluntad de la víctima y la vuelve esclava fiel del victimario. También ofrecen CD, videos, DVD y programas de computación de dudosa procedencia bajo la mirada tolerante de la autoridad que poco o nada sabe de derecho de autor y ley antipiratería. Realizan complicadas cirugías de cédulas donde el silicón es sustituido por el papel contact, venden pantaletas, sustancias afrodisíacas, juguetes desechables y tarjetas telefónicas e instalan improvisados centros de comunicaciones. Los mercaderes del templo se desenvuelven con tranquilidad sabiendo que ningún Mesías vendrá a expulsarlos porque de ellos también será el reino de los cielos. Los falsos profetas se instalan en los bancos ubicados en la pared norte de la Plaza aprovechando el público cautivo que busca su refugio. Biblia en mano, recriminan a los adictos, lujuriosos, perezosos, iracundos, codiciosos, envidiosos y descreídos. La mano temblorosa sostiene la Biblia desgastada, testigo único de todos los pecados en los que el falso profeta incurrió antes de seguir el camino de la luz. En sus ojos, la huella imborrable del crack descubre sus almas y la gente no sabe si compadecerlos o mirarse en ese espejo. Los fariseos cambiaron la túnica por el flux marrón, el bastón por el maletín y el templo por el teléfono celular, sólo por eso se diferencian de los mercaderes. Los fariseos se dividen en dos grupos: con escolta y sin escolta. Los primeros realizan los negocios bajo el amparo del aire acondicionado y el vidrio ahumado de los únicos vehículos que pueden circular por los alrededores de la plaza. Los segundos se mezclan con los mercaderes del templo, los falsos profetas y la corte de los milagros -que incluye lisiados, enfermos de sida, locos e indigentes- ofreciendo sus servicios de papel sellado, timbre fiscal y formas varias. Aún persiste en la plaza el recuerdo de la triste figura del no-elegido, tan emblemática como la estatua ecuestre, con el cartel colgado en su calvario particular: Economista Marrero.

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