En 2004. El Centro de Caracas era un inmenso mercado persa. Ahora sus espacios históricos han sido recuperados. Quede esta instantánea como testimonio de ese pasado cercano:
Los mercaderes del templo compran oro, dólares y euros. También representan fábricas de ropas, aunque sobre esto se ha tejido toda suerte de leyendas urbanas que van desde la inocente muchacha que acompaña al solicito vendedor a un callejón donde se encuentra la supuesta fábrica y allí es violada y atracada, hasta las tarjetas de presentación impregnadas de burundanga, la droga que suprime la voluntad de la víctima y la vuelve esclava fiel del victimario. También ofrecen CD, videos, DVD y programas de computación de dudosa procedencia bajo la mirada tolerante de la autoridad que poco o nada sabe de derecho de autor y ley antipiratería. Realizan complicadas cirugías de cédulas donde el silicón es sustituido por el papel contact, venden pantaletas, sustancias afrodisíacas, juguetes desechables y tarjetas telefónicas e instalan improvisados centros de comunicaciones. Los mercaderes del templo se desenvuelven con tranquilidad sabiendo que ningún Mesías vendrá a expulsarlos porque de ellos también será el reino de los cielos. Los falsos profetas se instalan en los bancos ubicados en la pared norte de
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