Si no fuera por la enorme estructura de la nueva sede de la Biblioteca Nacional, la calle que baja desde la esquina de La Fe hasta Santa Bárbara, al menos en sus primeras casas, pudiera darnos la noción de una Caracas que ya no existe. Diagonal al Foro Libertador se encuentra la pequeña capilla de La Trinidad, dónde fue bautizado en su momento el niño Simón Bolívar. Al lado de la capilla, tres hermosas casas de grandes ventanales y en alta acera parecen rememorar tiempos de hombres de a caballo y, sobre todo, de serenatas. Curiosamente una de ellas sirve de sede de una agrupación coral bastante conocida. En la de al lado se venden empanadas y pastelitos, pero, ojo, no se trata de un local comercial. El cliente que requiera de las joyas culinarias ofrecidas en ese domicilio, deberá tocar la puerta, como quien visita a la comadre, o más bien, como quien lleva un recado y espera respuesta, convirtiéndose en personaje involuntario de alguna obra costumbrista. Espera primero a que alguien de adentro abra la puerta y , después de hacer el pedido, vuelve a esperar, bajo el sol y ante la puerta de una casa dónde alguna vez vivió una señorita cortejada por cuanto manganzón la merodeara. Nuevamente, ésta se abre y el cliente recibe su dotación y el vuelto. Casas de fúlgida luna es como se me ocurre llamarlas y no puedo evitar imaginar la guitarra pulsada al pie de la ventana. La tercera casa no anuncia nada, así que concluimos que aún vive allí, muy de su casa, el objeto del homenaje musical. Conclusión que sustentamos con el hecho de colindar esta tercera casa con el colegio Santa Teresa del Niño Jesús, dónde seguramente estudió la niña y casi acabó como monja capuchina. El viaje en el tiempo continúa en la panadería que le sigue al colegio. Panadería de pan dulce y bizcochos que no ostenta el nombre de ninguna virgen ni se llama Flor de quién sabe. Simplemente se llama como el sitio dónde está ubicada: Puente Páez. A partir de allí, la ciudad vuelve a ser la ciudad no sin antes confrontarnos con una especie de alcabala que sirve de límite entre lo antiguo y lo moderno. Un depósito de cachivaches oxidados cuyo dueño tiene la pretensión de vender en algún momento. Allí, como estableciendo un acuerdo entre el pasado y el presente se lee un curioso aviso: Se dan serenatas telefónicas.
Comentarios
Publicar un comentario