El cine mexicano fue un factor determinante para la difusión de la llamada música ranchera en Venezuela. Llegando a la cumbre en los años cincuenta, las caras y las voces de actores y cantantes aztecas eran tan familiares para el venezolano como la propia arepa. Aún en películas cuya temática se suponía que se desarrollaba en este país –Doña Bárbara o Alma Llanera, por ejemplo- no cabía la menor duda de que lo que se mostraba en ellas era lo mero mexicano de exportación. Tanta fue la influencia azteca sobre la cultura venezolana que en esos años de nacionalismo exacerbado apareció en la escena vernácula una suerte de híbrido méxico-criollo, es decir, llaneros de liquiliqui, zarape y bigotito a lo Pedro Infante, a los que se les conoció como Los Torrealberos. Tal vez de allí venga la manía, que encontramos en ciertos locales nocturnos, de alternar mariachis con conjuntos criollos. En uno de los más emblemáticos, la Cervecería Naiguatá, aledaña a la Plaza La Candelaria, además del obligatorio imitador de Juan Gabriel, casi todas las noches aparece un espontáneo que canta asombrosamente igual a Javier Solís y, claro, en el conjunto criollo siempre está el emulador de Luis Silva. En la esquina de Carmelitas se encuentra El Mesón de Caracas. Ignoro desde cuando funciona este local. No importa. Su fachada es simplemente atemporal y uno de sus principales atractivos es la vidriera que exhibe las fotografías de quienes, noche tras noche, amenizan las libaciones de los aldeanos. Nombres como La Perla de México, El Conjunto Los Reyes o Nacho: el sentimiento español, identifican estas fotografías dónde podemos distinguir desde una heredera del legado de Adilia Castillo –con liquiliqui, pelo e’ guama, botas y fuete incluido- hasta un galán cuyo cabello pareciera anunciar las destreza de un peluquero de los ochenta. Pero la atracción mayor es el portero, un hombre moreno, alto, delgadísimo y con un afro encanecido y paralizado en 1975. Lleva este personaje un smoking con pajaritas de variados colores, de acuerdo al día, zapatos de charol y medias blancas, y enternece pensar que pudo haber sido Tony Montserrat pero sin el éxito de la Pantera Rosa. Extraño vórtice de tiempo, el que se instaló en esta esquina dónde coinciden armónicamente el cine mexicano de los cuarenta, el ideal nacional de los cincuenta, el merengue-comiquita de Montserrat y el Carlos Mata de Cristal.
19 de noviembre de 2004
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